Apu Pariacaca: belleza mística

Con una majestuosidad natural, el nevado Pariacaca se impone en la cordillera que divide las regiones de Lima y Junín. Los inicios de su veneración como deidad principal de esta zona se pierden en nuestra historia prehispánica. Ir a su encuentro es conocer los paisajes andinos más deslumbrantes.

Texto y fotos: Claudia Ugarte

El reloj marca las 2 de la madrugada. La luna se alza tardíamente sobre las montañas altísimas de la serranía de Yauyos justo cuando las linternas –al igual que nuestros cuerpos– comienzan a perder sus últimos ímpetus.

Aturdidos por el hambre y el frío, hemos tardado en darnos cuenta de que estamos pasando la noche en la intemperie, a unos 4600 msnm y varios grados bajo cero. Es hora de comer las últimas barras energéticas y chocolates.

Ya detenidos, las imágenes del viaje van regresando a mi cabeza. Pese al accidente que tuvo K. en la mañana –o quizás a causa de él–, la travesía ha sido incomparable. No hace mucho dejamos atrás la deslumbrante Mullucocha. Caminar durante horas alrededor de esta laguna y ver el atardecer a su lado ha sido una de las experiencias más gratas que me ha dado la cordillera peruana.

Andar bajo la luna entre estos hermosos parajes de la sierra de Lima también lo es, pienso, a pesar de no haber sido lo planificado. Que K. se haya accidentado y esto haya hecho que una parte del grupo nos rezaguemos para ayudarla a trasladarse era lo que tal vez necesitábamos todos por diversos motivos.

Al menos así lo entendemos ahora, y lo comentamos mientras comemos y temblamos de frío. Es preciso seguir si no queremos ser seducidos por la hipotermia, nos alerta el guía.

Miro los Andes bajo la penumbra y recuerdo las historias de Toña, una joven tanteña que es a la vez artesana, hotelera, ganadera, y guía de turismo. Ella sola ha recorrido con sus llamas el camino inca que une el santuario de Pariacaca con el adoratorio de Pachacamac, en la costa de Lima. Más de una vez ha cruzado ese tramo ancestral de ocho días para guiar a otros caminantes.

Fue Toña quien nos ha contado, la noche anterior, el mito sobre Pariacaca que fue recopilado en unos manuscritos quechua del siglo XVII y que José María Arguedas tradujo bajo el título de Dioses y Hombres de Huarochirí.

Pariacaca fue una divinidad del antiguo Perú que tuvo influencia sobre Huarochirí y todo el área que ahora conforma la Reserva Paisajística Nor Yauyos Cochas (RPNYC), en las alturas de Lima y Junín.

Según el mito, esa deidad rescató a estas comunidades de los abusos de Huallalo Carhuincho, un dios tirano que se comía a los hombres cuando no complacían sus requerimientos, y quien luego de ser derrotado por Pariacaca, en una dura batalla, se alejó hasta las tierras huancas para habitar la cumbre del Huaytapallana.

Materializado hoy en un imponente nevado, el apu Pariacaca sigue siendo motivo de culto. Ese atractivo fue lo que nos llevó, días atrás, a alistar mochilas e internarnos en la serranía de esta reserva.

Primero llegamos a Jauja, en la Región Junín. Es allí donde comienza la ruta más conocida para ascender hasta las faldas del nevado Pariacaca. Partimos temprano hacia la laguna Ñahuimpuquio, en el distrito de Ahuac, imponente como la conocida Laguna de Paca, también en Junín, pero menos turística.

Cuy chactado, Trucha frita y Pachamanca son los platos que más desfilaron aquella tarde en medio de montañas verdes, casitas blancas con tejados rojos y aves diversas como las gaviotas andinas, patos silvestres y garzas blancas que llegaban atraídas por el agua de la laguna.

Fue un día agradable y descansado, recuerdo. En la tarde, un antiguo profesor de la localidad nos dio una cátedra sobre los restos arqueológicos de Pirca Pirca, unas construcciones antiguas en las alturas de Ñahuinpuquio que sirvieron para almacenar granos y que fueron aprovechadas también por los incas por su ubicación estratégica.

Desde el sitio se puede ver, a lo lejos, la ciudad de Huancayo y todo el valle del Mantaro.

 

Sobrevivencia en alturas

Seguimos sin encontrar un camino seguro hacia el rescate que necesitamos. Son las 3 a.m. y es necesario tomar decisiones. Dos integrantes del grupo tendrán que adelantarse para pedir ayuda en la hidroeléctrica que divisamos desde lejos y que, horas después, aún no alcanzamos. Me apunto como voluntaria.

Las zapatillas se humedecen en la escarcha que cubre el suelo al lado de la represa. Pero las luces cercanas de las máquinas nos dan el aliento para seguir. Hay que distraer la mente para no sentir el cansancio.

El segundo día del viaje fue más intenso, recuerdo. Tras descansar en Jauja partimos en van hacia el Cañon de Shucto, en el distrito de Canchayllo, formado por unas inmensas y misteriosas formaciones rocosas que se imponen en el páramo andino.

El almuerzo nos esperaba más tarde en el Abra Portachuelo. Llegar allí nos hizo atravesar paisajes irrepetibles llenos de lagunas, humedales, cerros de siete colores, bosques de ichus con vicuñas y alpacas silvestres.

En el abra nos esperaba también el inicio de nuestra gran caminata. Toña llegó con las llamas que llevarían el equipaje pesado. Por la noche llegamos al refugio donde pasaríamos la noche, pero antes debíamos bajar los 2000 escalones de Escalerayoc, un ícono tradicional del camino inca. Esa noche llovió y nevó, pero estuvimos bien guarecidos por la casita de adobe y la chimenea puesta allí para los viajeros.

Son casi las 4 de la mañana. Acabamos de llegar a la hidroeléctrica. Nadie responde. Estamos contrariados y muy cansados. Nos preocupa el estado de los cinco que aún se quedaron en la montaña, ayudando a K. No sabemos qué hacer pero el frío es atroz y nos obliga a cobijarnos en un ambiente que encontramos abierto. Tenemos que ocupar la mente para no dormirnos.

El tercer día del viaje había comenzado mejor aún. Lo repaso en mi mente: conocimos primero las increíbles pinturas rupestres de la Cueva de Cuchimachay, conocidas como la Capilla Sixtina de la prehistoria. Escuchamos otras historias y mitos alrededor de ese lugar sagrado desde donde veneraban al gran Apu con mullu o spondylus traídos desde la costa norte.

También vimos las rocas que habrían quedado esparcidas tras el enfrentamiento mitológico entre Pariacaca y Huallalo Carhuincho. Y, por último, nos extasiamos con la belleza de Mullucocha.

El resto sería seguir el camino demarcado hasta Tanta, donde pasaríamos la noche y desde donde regresaríamos a Jauja para retornar a Lima. Pero el destino nos había programado otro itinerario.

No sabemos cuántos grados bajo cero enfrían nuestros huesos. Sin notarlo el ambiente que nos aislaba del viento gélido se había convertido en un congelador y nosotros éramos la carne guardada dentro.

Me vienen las imágenes de la caída de K. y luego de su traslado, primero en una camilla que se armó con las estructuras de las mochilas, y luego en un arnés improvisado que cargó mayormente, Edward, nuestro guía. K. no había llevado las zapatillas adecuadas para hacer trekking en montaña.

Suena la puerta de metal y milagrosamente aparece el vigilante de la hidroeléctrica. Estamos salvados, pensamos al unísono.

Un poco de café y algunas galletas nos devuelven la conciencia de nuestros cuerpos mientras el vigilante avisa a las autoridades de Tanta. La primera en llegar con agua caliente es Toña. Señalamos dónde podría estar el grupo perdido, y ella se pone en acción junto con su hermano. Nosotros también queremos ir. La adrenalina aún envenena deliciosamente nuestro cuerpo y no sentimos el cansancio. Solo queremos encontrar al resto del grupo en buen estado.

Una hora después todos estamos a salvo en Tanta. Lejos de lamentarnos por el incidente, tanto K., como los seis de la expedición, quedamos agradecidos al final del viaje.

Una cama caliente nos repone las fuerzas e incluso nos alcanza para jugar un partido de vóley y luego unos minutos de “matagente” (juego donde todos debemos esquivar la pelota que es lanzada a nuestro cuerpo). Total. Hay que celebrar la vida. Esa es una de las grandes lecciones de esta inolvidable travesía.

Datos importantes:

  • Existen dos rutas principales para llegar a la RPNYC: A través del Valle de Cañete (desvío altura km 145) y la Carretera Central hasta Jauja.

  • Es necesario que la ruta se haga con guías de turismo y con mucho respeto a la naturaleza y las creencias populares. Un pago a la tierra no está de más para pedir por un viaje agradable.

  • Es necesario llevar vestimenta de alta montaña, carpa de cuatro estaciones y bolsa de dormir para montaña.

  • La mejor temporada para realizar esta aventura, es entre los meses de abril a setiembre.

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