Siete días en el Marañón brasileño: São Luís

El turismo de playas no es lo suyo, ya que a diferencia de otras ciudades del noreste de Brasil el color de sus aguas no es turquesa o azul intenso sino algo parecido al gris verdoso debido a los ríos que desembocan en su costa y a que su ecosistema está formado nada menos que por el mayor conjunto de manglares del planeta.  ¿Qué es, entonces, lo que más nos sedujo de São Luís do Maranhão?

Texto y fotos: Claudia Ugarte

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Llega junio y confirmo mi próximo viaje hacia el estado brasileño de Marañón (Maranhão). Alisto maletas y me uno al grupo de peruanos que conocerá –y comerá–, en siete días, lo mejor de esta región y de su capital, São Luís.

Lo primero que nos llama la atención al llegar es la opacidad de su mar, que destruye en un solo día la típica postal de playas turquesas, palmeras y cocos verdes con que se suele resumir a un país tan vasto.

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Pero el desencanto se transforma en fascinación a medida que vamos recorriendo las coloridas calles de su casco antiguo, donde parece que el tiempo se ha detenido hace 400 años, ya que se conservan intactos unos 3 mil caserones, que conforman el mayor conjunto arquitectónico colonial de América Latina, y que nos hacen imaginar sin esfuerzo las costumbres y jerarquías de las diversas etapas por las que pasó São Luís.

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El mercado municipal, ubicado en el centro histórico, es un festín de sabores. Si bien es más pequeño que el de otras ciudades brasileñas, tiene todos los insumos que los marañenses necesitan para deleitarnos con su gastronomía. Además se puede encontrar botellas (garrafas) de Tiquira –aguardiente de mandioca con unos grados más de alcohol que el pisco–, mucha artesanía, frutos locales poco conocidos en Perú, algunos brebajes de raíces selváticas, similares a los que se encuentran en la selva peruana, y por supuesto mucho –pero mucho– camarón.

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Gustosa gastronomía

Tanta diversidad de insumos responde sin duda a que “São Luís está ubicada entre la región nordeste (noreste) y norte de Brasil, donde confluyen varios biomas y ecosistemas formados por manglares, desierto de dunas, restingas, sabanas, selva amazónica y la región árida del sertón”, según nos cuenta Juan Manuel Pitacco, un argentino afincado en Brasil hace más de una década y que a partir de hoy será nuestro guía y traductor.

Se nos hace agua a la boca no solo al escuchar tal menú geográfico, que ya queremos recorrer, sino al ver los platos que Miguel  Coelho, unos de los principales anfitriones gastronómicos de la ciudad, nos prepara en su restaurante Quitanda do Chef. La buena fama que ha ganado la comida peruana, lejos de amilanarlo, lo reta a seducirnos con su sazón marañense. Y bien que lo logra, aunque no será el único que nos demostrará que se puede comer rico y abundante –demasiado abundante aquí no es una redundancia– en esa tierra bendecida por la selva y el mar.

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Deportes de aventura

Mientras intento advertir al grupo que dejen de valorar la comida como ‘exquisita’, ya que en portugués la palabra esquisita significa rara o extraña, y que es mejor decir “gostosa” (rica), Juan me confirma que es posible practicar Kitesurf durante la semana.

Al fin y al cabo, las playas de Sao Luís no son coloridas pero no por ello dejan de ser el lugar ideal para un simple baño, un paseo en catamarán –que también realizaremos–, o practicar uno de los diversos deportes de aventura que se pueden realizar en esa ciudad.

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“De julio a diciembre hay muchas playas donde se puede practicar este deporte, que consiste en el deslizamiento sobre el agua de un tablista tirado por un cometa de tracción. Pero también se puede hacer rafting, paseos náuticos, o trekking, gracias a las enormes áreas de bosques con mata amazónica que se preservan”, nos dice el guía, quien desde el tercer día de nuestra visita dejará de ser traductor, ya que la convivencia con nuestros anfitriones brasileños ha logrado que todos nos comuniquemos en un portuñol perfecto.

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Fiestas Juninas

Es junio, repito, y aunque el primer paseo es corto, las cadenetas de colores colgadas a lo largo de varias calles atrapan nuestras miradas y nuestros lentes fotográficos. Nuestra visita coincide con las Fiestas Juninas, celebración que surge de una historia, “mitad real, mitad leyenda”, que tiene como protagonistas a una pareja de esclavos que se lleva al buey preferido de su patrón, y a un hacendado, que hace de todo por recuperar a su animal.

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Pero esta también es la historia de un buey que vuelve de la muerte gracias a la unión resucitadora de todas las etnias y religiones.

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Katherina tiene un antojo de embarazo: comer la lengua del buey favorito de su patrón y amenaza con abandonar a su marido, Francisco, si este no se lo concede. Este mata al vacuno y cuando ambos toman conciencia del lío en que están metidos huyen con el cuerpo deslenguado del rumiante. Al enterarse el hacendado, solo quiere recuperar a su animal vivo, sin importar si para ello debe invocar –también– a las divinidades no católicas.

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Todas las etnias (americanas, africanas y europeas) afincadas en la zona acudieron con sus propias tradiciones y a una sola voz –“Bumba meu boi”, algo así como “Arriba, mi buey”—revivieron milagrosamente al animal, y todo terminó en un gran festejo que se celebra hasta hoy, primero cada diciembre, y luego –ante la prohibición de las autoridades al considerarla demasiado pagana para mezclarse con la Navidad–, en cada junio.

“La población consideró que esta celebración era más bien una gran demostración de fe, y decidieron trasladarla a un mes donde se venera a los más importantes santos católicos: San Antonio, San Juan, San Pedro y San Marcial, que es un santo local aún no canonizado por el Vaticano. Sin embargo la fiesta se convierte en una especie de carnaval de mitad de año que se extiende hasta julio”, nos comenta Juan.

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Las fiestas se realizan en unos espacios llamados ‘arraiales’, creados para las danzas y orquestas que la población presenta, con trajes multicolores, bueyes danzantes, y una música tan pegadiza que –al final de la semana– hará moverse hasta al más circunspecto de los peruanos. Todo el grupo, además, recibirá asombrado unos sospechosos sobres morados con el nombre de camisinhas (condones), repartidos gratis por los expendedores de cerveja (cerveza). Por ahora debemos seguir el paseo.

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Encuentro de aguas

Al salir del centro nos topamos con un fenómeno muy particular: las aguas de la Bahía de San Marcos –es decir, la franja del Atlántico que saluda el rostro de São Luís–, se han retirado de tal manera que solo nos dejan ver arena húmeda y embarcaciones varadas, a lo lejos, en un puerto que ahora parece inútil.

“Ello se debe a que el encuentro de los ríos Anil y Bacanga –que llegan cada uno desde un lado opuesto de la ciudad– crean una corriente única que hace que las aguas de la costa se retiren varios kilómetros y retornen cada seis horas”, nos explica el argentino mucho antes de que a algún peruano acostumbrado a los sismos se le ocurra pensar en un posible tsunami.

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Este encuentro de los ríos crea además un accidente geográfico que disfrutaremos unos días después, durante el paseo náutico por el Anil. Se trata de un bolsón de arena que nos permitirá caminar en medio del río, jugar como preadolescentes y darnos un chapuzón de agua dulce. Tan oportuno en ese clima caluroso.

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Urbe moderna, ciudad de azulejos

De regreso al hotel, basta cruzar el Puente José Sarney, que conecta el casco colonial con la ciudad más joven, para ver el contraste de una urbe que no deja de crecer y que en menos de una década ha cambiado su rostro tradicional por uno que ahora lleva el sello del boom inmobiliario.

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Si bien su trazo original fue una réplica de Lisboa y Porto, hoy los azulejos franceses y portugueses no se usan más en las nuevas construcciones. Los edificios levantados a lo largo de la avenida Beira Mar cuentan, por dentro y por fuera, con todas las características de la arquitectura posmoderna. Así lo comprobamos al visitar algunos de los hoteles más atractivos de una ciudad que se proyecta ahora al turismo.

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“Hace apenas 6 años no se veían esos edificios”, me dice un nostálgico Juan Manuel unos días después, desde la embarcación que –a través de la embravecida marea– nos lleva hacia Alcántara, pequeña localidad que comparte con São Luís su origen francés, la breve invasión holandesa y la casi inmediata colonización portuguesa.

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¿Jamaica o Atenas?

Comparte además, junto con todo el Marañón, la estirpe de poetas e intelectuales que le dieron fama de ser “La Atenas Brasileña”. Eran tiempos en que la nobleza local enviaba a sus hijos a estudiar a Europa, quienes regresaban, en palabras de Juan, “con un bagaje intelectual impresionante para conformar la nueva elite intelectual de la ciudad”.

El azaroso viaje de una hora hacia Alcántara nos deja inseguros de querer subir nuevamente a una nave. Pero la travesía fantástica por el Parque Nacional dos Lençóis Maranhenses (sabanas marañenses) –a 4 horas de la ciudad y que describiremos en otra crónica– nos devuelve la confianza, y unos días más tarde estamos nuevamente embarcados, esta vez sobre las aguas calmas del río Anil.

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La tranquilidad del paseo náutico nos permite ver la ciudad desde otra perspectiva así como internarnos en sus bosques amazónicos, y saborear con pasos de baile los diferentes ritmos que se escuchan en el nordeste: samba, forró, lambada, y especialmente reggae.

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Juan nos recuerda que en Sao Luís –“La Jamaica Brasileña”– se escucha un tipo de reggae que prácticamente desapareció del resto del mundo, y es el sonido jamaiquino de los 60, importado primero por medio de las frecuencias de radio de onda corta, y luego a través de los discos de vinilo que muchos marañenses traían de sus viajes por El Caribe.

“Esos discos no los encuentras ni en Jamaica, pero aquí se siguen escuchando, y no solo eso sino que aquí el reggae se baila en pareja y pegadito, probablemente por influencia del forró”, agrega, divertido, Juan. Esta vez lo hace –con reggae de fondo– desde la van que nos lleva al aeropuerto, tras una noche memorable al ritmo del bumba meu boi.  Algunos verán Lima en las próximas horas. A mí me tardará un poco más. Me espera Belem do Pará –8 horas de bus hacia el norte–, para regresar al Perú navegando despacio por el Río Amazonas –el Río Mar–, a contracorriente.

Publicado en la revista Banca & Finanzas, agosto 2016.

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