El color de la abundancia: Máximo Laura

Artista por naturaleza e hijo de tejedores ayacuchanos, Máximo Laura fusionó ambas pasiones y eligió la lana, en lugar del lienzo, para plasmar en color su cosmovisión inspirada en técnicas y símbolos ancestrales. Hoy apunta a la escultura textil y promete impulsar la bienal textil que todavía no existe en nuestro país.

Texto y fotos: Claudia Ugarte

Es una mañana nublada en Lima, pero la cálida sonrisa de Máximo Laura nos recibe en su casa-museo-taller de cinco pisos ubicada a pocos minutos del Pacífico, en San Martín de Porres. Lleva un jean azul y una camisa blanca, tonos que contrastan con los coloridos tapices colgados en su sala.

Su cabello liso y azabache está atado en una cola sobre su espalda. Laura nos cuenta de su trayectoria y pronto deja clara su búsqueda.

“Quisiera mostrar que en nuestro país existe un arte textil contemporáneo importante. Cuando yo comencé esta obra no existía, por lo menos no la parte pictórica”, asegura.

SUS FUENTES

Máximo Laura se ha construido casi por intuición. Lleva en la sangre el conocimiento ancestral de la iconografía  precolombina, que ha ido investigando a la par de sus creaciones. Y es heredero de una milenaria tradición textil florecida con los Wari.

No era difícil que su infancia tuviera lugar en medio de los ovillos de lana que su padre y hermanos tejían para mantener a la familia. Tampoco que pronto observara que además de ser un producto artesanal, el tapiz podía recobrar su valor como pieza de arte.

Sin embargo, no siempre supo que iba a ser artista. Estudió Educación en Huamanga, y cuando el escenario político empezó a asfixiar las aulas ayacuchanas de fines de la década de 1970, se trasladó a Lima para estudiar Literatura en San Marcos. En Lima, la convivencia con otros artistas e intelectuales lo condujo a estudiar Pintura en Bellas Artes.

“Mi fuente más inmediata y poderosa fue la iconografía prehispánica. De allí provienen las imágenes hasta ahora usadas por mí”.

–¿Buscabas restaurar esos elementos para las nuevas generaciones?

–Sí, a esa etapa la llamé Taki Onqoy, pues creía que hacía una resistencia cultural, manteniendo la iconografía andina en un molde contemporáneo. Entonces hice una superposición de formas actuales sobre ese cuerpo originario, milenarista. Y ello viene recreándose hasta ahora.

–¿Hay alguna serie que te haya dejado satisfecho?

Galápagos, con la asombrosa flora y fauna marina. Cantores de Luz, con aves en paisajes oníricos, también es bellísimo. Busco, elementos que a uno le haga sentir bien. Pero el pensamiento también es importante. Está Equeco, sobre ese personaje de la abundancia, o Mamacha Coca, sobre el ritual andino para leer el pasado, presente y provenir. Y un tema del que todos hablan: el interior.

–¿La espiritualidad?

–Exacto, la visión interna. La serie Mar Interior es una aproximación al hombre contemporáneo, con aquello que convive. No puedo, en la era del whatsapp, seguir colocando dragones. Hay  que ir más allá para entender las cosas.


OBRA CON VOLUMEN

“Mi tarea pendiente es llevar mi tapiz a la escultura. Hace años conocí esa posibilidad, pero la fórmula de trabajo en equipo me instaló en el tapiz. La escultura es más íntima. –dice mientras busca algún textil que muestre sus primeros pasos hacia el alto relieve. –Estoy pensando hacer un tapiz constructivista, con elementos que se preelaboren y se instalen. Me encantaría realmente llevar el textil a lo volumétrico”.


RETOS PENDIENTES

Un recorrido por el edificio muestra mejor la complejidad de su trabajo. Hay telares de pedal en cada piso, una oficina donde preparan envíos al extranjero, un ambiente donde se selecciona el color exacto de cada lana según el diseño concebido por Laura, otro donde se guardan impresos los moldes de papel para el tejido del tapiz, que realizará alguno de sus asistentes.

–¿Por qué una filial del museo en Cusco y no en Ayacucho?

–A mí me gustaría hacerlo todo en Ayacucho pero casi no hay espacios dónde exhibir. Por ahora hago tours textiles para que más gente conozca a los grandes maestros ayacuchanos, es algo que le debo a mi tierra. En Cusco estamos haciendo una muestra itinerante, y queremos llegar a 8 o 10 ciudades incluyendo Lima.

–Sientes que no hay reconocimiento a este trabajo en el país.

–Hace falta eventos, competencia, información. No existe una bienal. Por eso yo, en algún momento, antes de morir, voy a tener una bienal organizada y desarrollada.

Texto publicado en el suplemento Variedades (ver PDF), del diario El Peruano.

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