Entendiendo los carnavales

Aunque las comparsas y los bailes de disfraces se hayan perdido en el tiempo, el protagonismo de los carnavales limeños sigue vigente. Sólo hay que recordar las travesuras infantiles para aliviar un poco la tensión que de adultos cargamos los domingos de febrero, si tenemos que salir de casa.

Tenía 12 o 13 años cuando aguardaba en la esquina de mi casa al primer carro que pasara repleto de gente, quizás a algún despistado que se deje convencer por el calor y tenga la ventana abierta. Mi amiga de la infancia, Karina, tenía un balde a sus pies y, al igual que yo, un par de globos inflados con agua en las manos, que escondíamos a nuestras espaldas. Pasaba uno y otro carro, algún bus prevenido, hasta que, por fin: una combi con un cobrador “sapazo” y enamoradizo a quien le rompimos el corazón de un solo globazo en el pecho.

Fue nuestra travesura matutina. En la tarde nos esperaban los talcos, el barro, el betún y las guerras de agua que empezábamos desde los balcones de un amigo aventajado y luego en tierra firme, con gritos, risas y a veces llanto de alguno u otro que no sabía perder.

Por esas mismas calles ahora tengo que lidiar con esa nueva turba de duendecillos del agua. La adrenalina y el placer que sentí al cometer mis fechorías acuáticas de infancia ahora se han convertido en una angustiante (y disuasiva) fuga maestra. No recuerdo en qué momento, pero tomé conciencia de que no a todos les gusta que los bañe y en eso también influyeron las primeras planas amarillas: “Tombo lo mató por echarle agua”, “Mueren por mojar a delincuentes”.

Y es que el carnaval de Lima suele tener variantes vandálicas que lo convierten en una amenaza. Y no hablamos de inocentes ‘chisguetes’, o baldazos que de los balcones caen como lluvia reprimida ni tampoco de los globazos que nos sorprenden ‘de golpe’, sino de la actitud primitiva de aquellos que sin remordimiento revientan las ventanas de los microbuses, o los que, sin ser delincuentes comunes, atacan con betún y palos a cualquier transeúnte, y de paso lo dejan sin dinero, sin reloj y sin zapatos.

Esta conducta agresiva, en realidad, no es patentable. En los carnavales de otras ciudades del mundo –en esas en que sí hay corzos, disfraces y bailongos hasta la muerte (al menos hasta la del Ño Carnavalón)– no es distinto. El desenfreno por alcohol y drogas puede dejar cifras espeluznantes en muertos y heridos.

Pero ¿qué hace que el carnaval sea sinónimo de trasgresión en sus diferentes niveles? ¿Por qué a lo largo de los años ha hecho falta la intervención de los gobiernos para frenar los excesos carnavaleros y poner orden en sus manifestaciones?

El origen

El desenfreno que suele manifestarse, en unos más que en otros, durante los carnavales tiene su origen en los rituales paganos a Baco, el dios griego del vino; en los festines que se realizaban en honor al buey Apis en Egipto; en las “saturnalias” romanas, o incluso un poco antes en la antigua Sumeria, hace más de 5,000 años.

“Cuando llegó a América, vino cristianizada. Y sucedió así porque la iglesia Católica, después de haber peleado durante tantos años con los reyes por parar esas fiestas, logró que estas se pararan el martes de carnaval, antes del miércoles de ceniza, cuando entra el período cuaresmal. Esto es importante porque, en el calendario cristiano, llegar al martes de carnaval es arribar al límite de la libertad y el libertinaje. Y, al llegar el miércoles, empieza la abstinencia, que significa 40 días y 40 noches durante los cuales no se ingería carne de ninguna especie. Inclusive era prohibido tener relaciones sexuales”, explica la antropóloga Mirta Buelvas.

Hoy el carnaval se ha alejado de su significado religioso y aunque en esencia es similar en todos los países ha adoptado estilos distintos.

En el Perú el menos pintoresco es el de Lima, pero las pasarelas de colores y máscaras se han mantenido en algunas ciudades como Cajamarca, Puno y Ayacucho, donde según Buelvas “uno de los aspectos más positivos, como es tradicional en las danzas africanas, es que el espectador es actor y el actor es espectador”.  Si no, pregúntenles a los ‘gringos’ que, con chicha de jora en mano, terminan siendo parte del espectáculo. Todo un show.

El carnaval en Lima

Aunque no hay muchas pistas, se sabe que en Lima celebrar un carnaval no fue diferente del resto del mundo. Pero en algún momento los desfiles de carrozas y máscaras, muchas de ellas alusivas a los personajes del momento, o las fiestas de disfraces, fueron reabsorbiéndose en una sociedad que, como la limeña, detestaba todo lo que tomaba tintes populares.

A comienzos del siglo pasado, “en las casas de familia se practicaban el juego de agua o los ataques con pintura de colores, batallas de flores, agua y papel picado. Se usaban los chisguetes de éter, que más tarde serían prohibidos, serpentina, y antifaces. Pero esto contrastaba con los juegos más populares y hasta lumpenescos de los barrios de ‘abajo el puente’ de la Lima de entonces. Los alcaldes prohibían los juegos con agua y permitían sólo el carnaval seco, para tratar de evitar que los más aventados se dieran el placer y la osadía de bañar a una encopetada dama o un almidonado señorito delante de todo el mundo”, nos relata el sociólogo limeño Freddy Bravo Espinoza, testigo de las últimas fiestas de disfraces que se celebraron en Barranco hasta 1958, cuando los carnavales llegaron a límites indeseados.

“Nadie quería salir por miedo a las turbas callejeras, que atacaban a los transeúntes con matacholas, piedras o palos. La respuesta del gobierno no se hizo esperar. El entonces presidente, Manuel Prado ordenó se suprimiera todo juego de carnaval en todo el territorio de la República a partir de 1959”, cuenta.

Antes de ello, en 1911, “los jóvenes barranquinos solían reunirse en el Parque para jugar sus Carnavales al estilo de la época, con chisguetes de plomo, serpentinas, pica pica, talco y otros implementos. En las casas se reunían grupos de familias, usaban finos perfumes, talco y globitos de agua… hasta que a alguien se le ocurrió utilizar el agua potable dando así inició al popular Juego con Agua”, recuerda Bravo.

Fue en esta misma época de comienzos de siglo cuando un selecto grupo de niños (de 14 años) de las primeras familias –entre los que se encontraban Raúl Porras Barrenechea, Hernando de Lavalle y Pedro de Osma Gildemeister (hijo del entonces alcalde)– quiso emular al Carnaval de otros países y planificó un baile de disfraces en el Parque, tradición que se mantuvo hasta el año de la prohibición.

“Casi no se concebía que alguien no tuviera su chisguete de éter de vidrio, marca Colombina y Pierrot, que se cargaba usando un pañuelo pues muchas veces por el calor explotaban en las manos; también se intercambiaban mensajes con las serpentinas que llevaban impresos versos y frases románticas”, añade.

De acuerdo con Bravo, “el carnaval de antaño tenía tres días de festividades, domingo en que se realizaba el Baile Infantil, lunes el Baile de Fantasía y el martes la Verbena que era conocida como la fiesta del estribo a la cual se le sacaba hasta el último minuto”. Después se estableció que el sábado sería la fiesta popular (para las clases menos pudientes que llegaban de todas partes de la ciudad).

“Era así como el sufrido pueblo trabajador disfrutaba de la vida tres días para trabajar el resto del año”, concluye Bravo.

El estrés de las buenas costumbres

Y es cierto. Según los entendidos, el carnaval suele ser excesivo porque “históricamente ha sido un espacio catártico y en este sentido, necesario y funcional para que un sistema de dominación imperante perdure por el resto del año”, señala un estudio hecho en Argentina.

Este espacio “se constituye como la segunda vida del pueblo, el reino universal utópico, donde las jerarquías son subvertidas y los órdenes desestructurados. Y ha sido, a su vez, un espacio de resistencia y de burla política, que en Argentina no fue tolerado por la última dictadura militar, a partir de la cual fue proscrito el feriado de carnaval que aún no ha sido reestablecido”, recuerda la investigación.

Por eso en Lima, Bravo habla de desmanes en los años 30 y de constantes prohibiciones del gobierno que fueron retirando el carnaval a los barrios más populares y restringiéndolo al simple juego con agua.

Según el estudio, “normatizarlo y ‘ponerle límites’ ha sido siempre un asunto de estado. Circunscribiendo el festejo a ámbitos cerrados, delimitando el camino de la procesión de los corsos, proscribiendo o permitiendo el uso de disfraces o máscaras, del juego con agua o la serpentina, del uso de pomos, de huevos de olor o perfumes, de las actitudes ‘correctas’ o “indecentes’, convenientes o no al gobierno de turno”.

De la lepra a la peste

Y en este juego del “tira y afloja” se ha pasado “del ‘modelo de la lepra’ al ‘modelo de la peste’, que es el modelo de individuación, de registro absoluto y control de cada uno de los individuos. Ya no se trata, como explica Foucault, de excluir a aquellos contagiados, peligrosos, de apartarlos, sino, de incluirlos y controlarlos individualmente”, sostiene el informe.

Es por eso que con el paso de los años los gobiernos cambiaron frases como “queda abolido y prohibido para siempre” por otras que apelaban a la razón y a la dignidad de un pueblo culto: “Todo individuo en carnaval puede divertirse sin faltar al decoro público, ni cometer excesos opuestos a la civilización…”

En una misma sociedad, mientras unos consideran al carnaval “una costumbre semi-bárbara ajena de un pueblo culto y tan peligrosa por sus resultados como opuesto a la moral”, otros la defienden a capa y espada como Juan Bautista en 1938. “No sé cómo puede perderse en tres días una moral que cuenta doce meses. Ningún obstáculo encuentro para no liberarse con franqueza al juego de carnaval. Por mi parte no puedo menos que aconsejar a las personas racionales y de buen gusto, que corran, salten, griten, mojen a su gusto a todo el mundo”.

Hoy esa doble visión se mantiene. Y no es cuestión de edades. Lo demuestran familias enteras que se divierten bañándose con pintura o betún, o sumergiéndose en un pozo de barro hecho para la ocasión –regresionando tal vez a una cálida infancia en que era saludable jugar con arena y tierra–, y que se contrapone con las caras de enojo y las palabrotas con que participan otros del carnaval.

En fin, en este juego –que nada tiene que ver con la delincuencia común que aprovecha los domingos del mes más húmedo del año para cometer sus delitos confundidos en el caos carnavalero– el que quiere jugar está invitado, sólo hay que seguir la corriente como bien lo saben hacer los extranjeros en los carnavales del Perú profundo. Los excesos están permitidos siempre que no se confundan con lo vandálico.

Carnaval de datos

  • El Carnaval es una fiesta de origen pagano romano. Después se relacionó con la cuaresma de la religión cristiana, y adoptó variantes particulares a cada país, con los aportes de los ritos y creencias indígenas americanos, así como de los africanos.
  • El término carnaval proviene del latín medieval carnelevarium (quitar la carne) refiriéndose a la prohibición religiosa de consumir carne durante los cuarenta días que dura la cuaresma.
  • El carnaval de Río de Janeiro no sólo es el más famoso y sino también el más desenfrenado. Esta gran fiesta carioca plantea al gobierno brasileño las dificultades propias de los excesos y la permisividad.
  • Una sola escola de samba puede incluir entre 3,000 y 5,000 bailarines que ensayan durante meses, preparándose para el carnaval.
  • El echar agua, se dice que tiene origen en un baño muy ritual campesino, acto donde se rendía culto al agua como elemento “varonil” para propiciar la fecundidad de la Pacha Mama (madre tierra).

Publicado en Suplemento dominical “Estampa”, del diario Expreso, 2008

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