La cólera del amor mal llevado al cine

Aunque es cierto que la versión fílmica de la consagrada novela del “Gabo” El amor en los tiempos del cólera encontró muchos reparos desde un inicio (sobre todo cuando se conoció el nombre del director, Mike Newell, y su opaca trayectoria), también es cierto que algunos pocos tenían la ingenua esperanza de que el cine, con todo el lenguaje que ha desarrollado en las últimas décadas y con toda aquella técnica dirigida a expresar los sentimientos más complejos e inefables, pudiera por lo menos acercarse a la atmósfera de amor obsesivo y apasionado de la novela.

Y es que a pesar de la sugestiva presencia de Gabriel García Márquez durante la producción del film, ver a un director anglosajón dirigiendo una historia tan latinoamericana y tan propia de un autor que no pudo sacar su genio sino de la selva colombiana, es como ver bailar salsa o cumbia a un gringo de cintura rígida. Pero Newell no sólo falló en no saber llevar el ritmo, sino en no sentir como latino el sentimiento más universal del mundo.

Demasiadas fallas de dirección alejan la virtuosidad de la historia de la plana versión cinematográfica, aunque debo confesar que una primera mirada confunde a quienes leyeron la novela, ya que las anécdotas y lugares comunes se mezclan (sin objetividad) con los parajes y las escenas que la imaginación recreó a partir de las palabras de personajes como Florentino Ariza, el eterno enamorado (bien interpretado por Javier Bardem en el film) y Fermina Daza (Giovanna Mesogiorno)

, tan potente en la novela y tan frígida en la pantalla grande.

El resultado de una primera ojeada a la película por parte de lectores optimistas y tolerantes es simplemente “otra” película, pues un segundo vistazo desnuda los vacíos y saltos abruptos de la historia fílmica.

Además, ayuda a esa primera confusión el impacto de una destacada fotografía y la correcta recreación de la época. Hay tres fotos o estampas para el recuerdo y las tres tienen que ver con las escenas de sexo, muy bien recreadas en su individualidad. También hay rescatables fotografías de exteriores aunque linden con los planos postales, producto de una mirada foránea, o más bien turística.

La omisión de algunas escenas del libro, que, en el hábitat latinoamericano adquirieron relevancia pese a ser trágicamente jocosas como la muerte del doctor Urbina (el esposo de Fermina) al querer atrapar a su loro, también se remontan, me atrevo a decir, a esa mirada extranjera que nunca debió tener la película pero que de la que no podía escapar por las exigencias que impone el mercado. La complacencia de un público más amplio y el temor de poner en escena anécdotas tan peligrosas como absolutamente locales nos robaron a los latinoamericanos el placer de saborear el recuerdo (para los que leyeron la novela) de una de las historias más apasionantes de la literatura universal, y para los que no la leyeron, el placer de acercarse a ese universo tan plácido que fue el realismo mágico.

No se trata de que una película deba ser una recreación fiel de la novela, lo único que se pide es que se respete la esencia (mucho más si el creador de la obra está cerca de ese otro lenguaje que es el cine) y que el producto tenga por lo menos la calidad de la obra original. De lo contrario, el interés de llevar una novela al cine se convierte en un mero recurso facilista y ocioso de hallar una historia para filmar.

Si separamos las versiones de El amor en los tiempos del cólera, nos quedamos con una película entretenida en su soledad, pero aun así con vacíos de cuidado como la elección de una actriz poco convincente que además de tener un débil perfil debió ser apareada a la juventud del primer personaje de Florentino Ariza (aunque este joven actor tampoco convenciera mucho), y por lo menos mejor maquillada para su rol de mujer anciana. No bastan las canas para envejecer a una actriz.

Además del fallido maquillaje, error que pudo evitarse de haber tenido la voluntad, hay saltos muy abruptos en la edición que podrían mejorarse con el recorte de algunas escenas y la adición de otras que nunca existieron. Tal vez el choque más abrupto fue cuando Florentino aparece en la sala de Fermina, tras la muerte de su esposo, y le enumera el tiempo que ha estado esperando ese momento; pero pocos segundos antes apenas se entiendía de quién era la muerte, además que esta fue tratada de una manera mucho más ligera que si se hubiera escenificado la anécdota del loro.

Tal vez fue ese miedo al ridículo el que terminó por matar la vitalidad de la novela, reduciéndola a una mera recreación de los hechos más verosímiles combinados con algunos toques superficiales del exotismo caribeño. Y en realidad, muchas de las escenas que en la novela fueron hasta impactantes, en el film hubieran terminado por ser risibles de no ser por la maestría de Javier Bardem, que nos devolvió a un Florentino ni tan fiel al personaje de la novela pero igual o más poderoso en su perfil fílmico. Una buena mano en la dirección hubiera evitado una buena dosis de cursilería (inexistente en el libro).

En resumen, la película El amor en los tiempos del cólera es más o menos entretenida (separada de la novela), con errores de dirección y puesta en escena que pudieron evitarse, pero poco apasionada para contar una historia de amor sin límites, que traspasó las fronteras de la edad y la paciencia humana. Con una producción elegante no logra mostrar las contradictorias costumbres de la amazonía colombiana que recreó el Gabo, y nos entrega una versión más occidental que se hace interesante recién en la segunda mitad de la película, con la entrada de Javier Bardem en el papel de Florentino Ariza, al parecer, el único que supo leer y entender el espíritu juguetón y trágico de la novela.

Publicado en el blog También los cinerastas empezaron pequeños, 2009.

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