Hablemos de energía nuclear

No sólo es capaz de curar difíciles tumores cerebrales (y sin abrir el cráneo), o preservar productos orgánicos por muchos meses dando una ventaja a los exportadores que no cuentan con mucha logística. La energía nuclear también se presta a resolver la crisis energética mundial que se perfila en el mediano plazo.

rolandoPaucar

Rolando Pàucar Jáuregui, físico nuclear y médico cirujano, no entiende por qué si “el Perú es el tercer país más vulnerable, después de Bangladesh y Honduras, que sufrirá los efectos del calentamiento global, aun no hace nada al respecto”, mientras que otros países ya empezaron a prepararse.

Tampoco comprende cómo es que los exportadores no aprovechan las ventajas que produce irradiar productos como las papas, espárragos o frutas para postergar el proceso natural de putrefacción antes que llegue a su destino al otro lado del mundo.

Él, que trabajó casi veinte años en el Instituto Peruano de Energía Nuclear (IPEN), aún no se explica cómo es que el Perú siendo un país con reservas probadas de uranio no empieza a trabajar –como ya lo están haciendo otros países de la región y del resto del mundo– un plan para la implementación de plantas nucleoenergéticas para cubrir la demanda energética que en el 2010 crecerá 25% a nivel mundial respecto al 2002.

Guerra al cáncer

Lo que sí sabe, y bastante bien, es atacar los tumores que se esconden en lugares de nuestro cerebro a los que otras técnicas no pueden llegar.

“Son 220 tumores curados en menos de dos años y el éxito consiste en seleccionar bien a los pacientes, que en su mayoría son niños, por ejemplo tenemos unos límites del tamaño del tumor hasta 3.5 cm., si es mayor se le deriva a otras técnicas”, nos dice no sin ocultar su orgullo por haber contribuido a rescatar la vida de esos pacientes, que de otra forma hubieran tenido que regresar a sus casas “a esperar”.

Pero esta moderna técnica llamada radiocirugía (“aunque no sea exactamente una cirugía”) no surgió de la nada.

“Mientras trabajaba en el IPEN hubo un momento en que quise darle una utilidad más práctica al tema de la energía nuclear. Estaba trabajando en la producción de un alambre de iridio (tan delgado como un cabello) que serviría para el tratamiento del cáncer y así es que me conocen los hospitales y me llamaban tanto que decidí quedarme a trabajar en ellos a partir del 2000”, cuenta Páucar, quien en algún momento tuvo que compartir sus roles de físico y cirujano.

Este alambre de iridio se ionizaba en el reactor nuclear del IPEN por una o dos semanas y una vez irradiado se colocaba dentro de unas agujas para insertarlas dentro del tumor. De esta manera, en lugar que la radiación llegue a todo nuestro cuerpo, como las técnicas actuales (teleterapia), atacaba sólo al área cancerosa siendo mínimos los daños colaterales.

“Terminé mi etapa como físico nuclear en el reactor sacando ese alambre optimizado, pero aunque había médicos muy interesados no había físicos que supieran utilizar el material, entonces es cuando me sacaba la bata del reactor y me ponía la del hospital. Juntos irradiamos cáncer de mama, tumores cerebrales y sarcomas de partes blandas (muslos) con bastante éxito”, recuerda.

Aquella práctica se llamó braquiterapia intersticial, y fue buscando nuevas técnicas que, ya de médico, Páucar notó que en el caso de tumores cerebrales había que afinar el procedimiento.

“Muchos médicos tenían miedo de abrir el cráneo para aplicar las agujas con el iridio, entonces propuse una técnica en la que no se tenga que abrir el cerebro, algunos no creían que se podía hacer aquí, pero ya se hacía en Europa y EE UU, así que viajé para especializarme y construí el sistema acá, con la ventaja de que los costos del tratamiento se hicieron menores al no tener el paciente que viajar a otros países para tratarse”, dice.

La luz del uranio

Aunque en este caso la física nuclear se alejó de las fórmulas para refugiarse en los hospitales de carne y hueso, hay conocimientos que en el Perú aún parecen formar parte más de una película futurista que de una necesidad energética inmediata.

Si bien el gas natural de Camisea servirá para paliar en algo la enorme dependencia que tenemos del petróleo –que aún importamos caro– como fuente para producir electricidad, “lo cierto es que no tenemos una gran cantidad de gas”, dice Páucar, que esta vez se vistió otra vez de físico.

“Si a esto se le suma que gran parte se exportará a México y que el Perú tiene un crecimiento de 8% pero de 10% en la demanda eléctrica, el horizonte de vida del gas de Camisea es de 18 años. Esto genera una crisis que ya estamos viendo en Chile, Bolivia o Argentina”, explica antes de agregar que el tema de los energéticos está ligado a amenazas políticas y económicas como vemos bien en Venezuela y en el Medio Oriente.

Por ello, “hay que entender –dice– que hablar de energía es hablar de capacidad para generar trabajo. Y este trabajo puede ser de nivel primario o secundario. El primario es la extracción y el secundario es qué hago con lo que encuentro. Entonces hay dos vectores, por un lado el transporte y por otro la electricidad. El gas se puede usar para el transporte, pero como es un recurso que se va a acabar hay que buscar otra alternativa para generar electricidad”.

“Y en esa canasta debe verse el tema de sostenibilidad, disponibilidad y costos, no sólo económicos sino también ambientales”, añade.

Para él la primera demanda estaría en las hidroeléctricas, “pero con el calentamiento global la cantidad (y la fuerza) del agua va a ir disminuyendo y este recurso será cada vez menos disponible” (de allí el escaso interés de inversionistas en este tipo de proyectos, como lo hizo notar hace una semana el presidente Alan García).

Pero también la energía solar es decepcionante, por las mismas razones climáticas, por su impredictibilidad y porque “resulta cinco veces más cara que las demás fuentes”.

En el caso de la eólica, aunque su costo ha disminuido en un 80%, “adolece de un grave problema: el viento no sopla continuamente y es difícil depender de una fuente inestable”, comenta.

Es allí donde aparece la energía nuclear como el método más limpio para satisfacer el crecimiento de la demanda eléctrica, pues, a diferencia de otras fuentes, no produce gases de efecto invernadero.

El mundo vira hacia el núcleo

La gran apuesta de los cinco continentes es la energía nuclear, asegura el físico, que ahora está más nuclear que nunca. Las fórmulas en su pizarra le hacen olvidar que llevar estos proyectos a la práctica aún depende de una lejana decisión política.

“Europa va hacia las energías renovables pero la gran apuesta es la energía nuclear, con un gran proyecto para el 2050 para el cual ha apostado 10 mil millones de dólares. El proyecto, que se llama ITER y que contará con una enorme planta en el sur de Francia, no tiene que ver con el uranio sino con dos núcleos de átomos de hidrógeno que al juntarse producen un núcleo de helio, eso se llama ‘fusión’. Con ello se produce una gran cantidad de energía, pero sigue siendo energía nuclear”, explica.

EE UU no se podía quedar atrás, aunque este país prefiere la técnica de la ‘fisión’ nuclear, o sea la del uranio. Eso sí, “con reactores de cuarta generación, que eviten la proliferación de armas nucleares”.

Pero tampoco Sudamérica quiere quedar relegada. “El país que lleva la delantera es Brasil, que ya empezó a enriquecer uranio y va a construir cinco plantas nucleares más a las dos que ya tiene. Le siguen Argentina y Chile, donde la apuesta ya quedó clara”, afirma.

Las riquezas de Puno

“En nuestro país por lo menos debemos discutir por qué los demás países lo hacen y nosotros no”. El científico se conforma con poner el tema en agenda.

Sólo así se irá alisando el terreno para un verdadero cambio de matriz energética que no descanse sólo en el finito gas natural. Pero también se irán limando algunas asperazas y llenando algunos vacíos.

“En Puno hay siete mineras buscando uranio, pero cuando viajé a ese lugar preocupado, como físico que soy, por la sostenibilidad de los proyectos, a ver si se cumplían los procedimientos necesarios, encontré que no hay una línea base con la cual se pueda medir cuánto más se ha contaminado o no el medio ambiente de un periodo a otro”, exclama subiendo el tono de voz.

Dicha medición, que estaría a cargo del IPEN, es la que podría evitar en el futuro conflictos entre las mineras y la población, ya que no se sabrá si la mayor concentración de uranio en el ambiente se debe a la extracción del mineral o a su mera presencia. Además no se sabrá si está aumentando o no.

Después de decirnos que el IPEN no tiene los equipos para medir esa concentración y que él acaba de adquirir unos en EE UU, Paúcar sugiere que, al igual de lo que se hizo con el gas natural, se incentive el uso del uranio.

“Se debe preparar al país para poner no ahora, sino en cinco o diez años, una central nuclear a fin de no depender del agua, que podría estar escasa por la contaminación, o de los biocombustibles, que junto con el petróleo o gas podrán usarse para mover los carros. El uranio, en cambio, no podemos utilizarlo en nada más”.

La idea es avanzar por lo menos en los estudios de prefactibilidad y factibilidad, “es decir en investigar cómo implementar el uso de uranio, ya luego podrán venir las empresas para invertir en su puesta en marcha”, concluye.

Radiantes exportadores

Unos meses atrás, el físico nuclear se reunió con exportadores y representantes del gobierno para enfatizar el desfase que había entre la necesidad de unos de mejorar su competitividad en la rankeada carrera de la exportación y la dejadez de otros, al tener una tecnología floja y que se malgasta en un rincón del IPEN.

Por años los exportadores (y no sólo ellos) han hablado de la falta de infraestructura adecuada (carreteras, puertos, aeropuertos) y de agilidad burocrática que faciliten el rápido transporte de sus productos al exterior, sin embargo poco se han preocupado de atacar el problema desde otras aristas.

Es allí donde entra el tema de la irradiación, que no es otra cosa que someter cualquier producto biológico exportable –a excepción de los nitrogenados (grasas)– a los efectos de rayos gamma, “para adecuarlos a las normas sanitarias internacionales y lograr su preservación en el tiempo”.

“Es una técnica que tiene más de 40 años y está probado que no es dañino, incluso EE UU ya deja ingresar productos irradiados a su país (antes lo hacían ellos mismos)”, responde el especialista a una pregunta que aún no salía de mis labios pero que ya se notaba en mi rostro.

“En EE UU es obligatorio irradiar las hamburguesas, por ejemplo”, me dice como para terminar de convencerme. “Imagina entonces lo que puede hacer por nuestros espárragos –continúa– o por la papa, que el próximo año celebra su año internacional. Si es irradiada podemos lograr que dure hasta ocho meses, mientras una papa no irradiada comienza a tener brotes en 7 o 10 días”.

Según comenta, casi todos los países de Latinoamérica “cuentan con plantas de irradiación, mientras que en el Perú tenemos una que está al 5% de su capacidad operativa”. En la reunión se supo que lo único que faltaba para que la planta del IPEN funcione al máximo es comprar su combustible (cobalto 60).

Publicado en el diario Expreso, Lima, 2007. 

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