Hablando de una época en primera persona (Yo serví al rey de Inglaterra)

Después de Milos Forman, Jirí Menzel es el segundo cineasta checo más conocido en el mundo. Tal vez por eso quiso consolidar su regreso –tras doce años sin producciones– con una fórmula que ya le había asegurado el éxito por lo menos un par de veces (en “Trenes rigurosamente vigilados”, de 1966, y “Alondras en un hilo”, de 1990)–, es decir, adaptar, por sexta vez, una novela de su compatriota Bohumil Hrabal: “Yo serví al rey de Inglaterra” (Obsluhoval jsem anglického krále),2006.

El viaje desde la Checoslovaquia de entreguerras –antes de su división en República Checa y Eslovaquia– hasta la dictadura comunista que sucedió a la II Guerra Mundial, a través de la mirada ciega y sorda pero siempre presente de Jan Ditě (tan bien representado por Ivan Barnev y Oldrich Kaiser) se hace exquisito. No sólo por el sarcasmo y la ironía que en diferentes niveles atraviesan el recuerdo de un viejo Jan Ditě que añora sus años mozos (y de mozo) tras salir de la cárcel, 15 años después de ser encerrado por el gobierno comunista (y gracias a una amnistía que redujo su condena a 14 años y varios meses), sino por una pomposa puesta en escena rociada de hedonismo, lujuria, ambición, y toda aquella ambigüedad moral que ayudaba (y sigue ayudando) a la clase pudiente a distraerse de la sequedad de su rutina y de las guerras de la época.

Menzel narra, a través de numerosos flash-backs y algunos rasgos del cine mudo, la ascensión y caída, los éxitos, fracasos y placeres de un camarero ambicioso que tiene el único objetivo de ser millonario, para lo cual adoptará, casi ingenuamente, relaciones políticas, sociales y amorosas a conveniencia. Jan Dítě sacará provecho incluso de su corta estatura.

Sus mujeres llenarán la pantalla de hedonismo y plasticidad (como los cuerpos desnudos adornados en flores), y harán fluir las vicisitudes laborales del protagonista, que cada vez que consigue un logro sabe que es hora de enrumbarse hacia un nuevo lugar de aprendizaje (que le acerque más a su objetivo). El montaje es equilibrado, pues sopesa los hechos históricos con la mirada madura del viejo ex presidiario y la del joven camarero cuyas aventuras le dan la energía suficiente para seguir trotando sin respiro.

Hay que destacar que Menzel no necesita de numerosos escenarios para contar su historia, pues su énfasis está en señalar las transformaciones que la época produjo en lugares tan particulares como dos de los hoteles más exclusivos de Praga. La historia que recrea Menzel tampoco es ingenua. Entre líneas se puede olfatear mucho más de lo que directamente nos ofrece, como su irónica mirada a la memoria nacional (con acomodos políticos tan parecidos a los su personaje) o la abierta crítica a los regímenes que dominaron a los checos (con situaciones tan extremas como la lujuria de los empresarios capitalistas que despilfarraban su dinero sin remordimiento, o el cínico afán de la esposa alemana de Jan –ferviente seguidora de Hitler– por coleccionar las estampitas que encontraba en la casa de “judíos deportados”, o incluso la decisión comunista de encerrar a los ricos “por ser ricos” y adueñarse de sus propiedades con la facilidad de un decreto).

Las cuotas de desnudez y erotismo también son extremas, pero sirven para pasar el trago amargo del hecho histórico, o para burlarse de él. Hay dos escenas llamativas (muy aparte de las que contienen un alto valor estético) que ponen en peligro el placer sexual. Una se da cuando Jan debe entregar una muestra de semen para que los nazis evalúen si es digno de casarse con una aria, mientras en la radio oye un mensaje político; la otra cuando su esposa alemana se prepara para engendrar un futuro “líder nazi” y se entrega a Jan sin perder la mirada en el cuadro de Hitler frente a ella.

Algo que sí se le puede criticar a la película (a la historia de Hrabal) es que no intenta salir del molde europeo (repetido hasta el cansancio cuando se trata de cine épico) de seguir los acontecimientos históricos a través de la vida de un testigo casual, que en otras historias hubiera sido sólo un personaje secundario. También algunas imágenes que se repiten a lo largo de la película (como la escena de los cuadros de las mujeres adornadas), y el desnivel en el sarcasmo, que a veces es muy fino y a veces demasiado blanco. Pero aún así, el resultado ha sido de lejos positivo, ya que más que la forma, que está muy bien llevada y bien realzada fotográficamente, la apuesta ha sido por respetar al mayor grado posible las entrelíneas de la novela, que aunque aparenta no tomarse nada muy en serio al final termina siendo todo lo contrario.

Publicado en el blog También los cinerastas empezaron pequeños, 2009.

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