En busca de la causa perdida (Little Miss Sunshine)

Hay dos tipos de personas en este mundo, ganadores y perdedores, “pero en todos hay un ganador dentro que espera ser despertado”, dice al inicio del film Richard Hoover (Greg Kinnear), un predicador de poca monta de esa cultura obsesionada con el éxito en que se ha inmerso Norteamérica. Pero pocos minutos más adelante y a lo largo de Little Miss Sunshine (2006) parece que más bien se tuviera que hacer dormir al perdedor que llevamos dentro para alcanzar nuestras metas.

Detrás de la forzada sonrisa de Richard la cámara nos muestra lo desestructurada e improvisada que es su familia, y bajo este mismo contraste (que a veces peca de explícito), los debutantes directores de cine Jonathan Dayton y Valery Faris (con la pluma de Michael Arndt) van destruyendo moldes y desmitificando estereotipos durante los 101 minutos del film, en el que toda una familia parece anhelar sueños que desde el origen tienen adherida la etiqueta del fracaso: una niña panzona de 7 años, Olive, quiere participar en un concurso de belleza donde el artificio es más que desnaturalizador frente al aplauso de todos, o un adolescente –quien poco comprende a Nietzsche aunque crea idolatrarlo– que se autoinflige un voto de silencio de varios meses para cumplir su meta de ingresar a una escuela de vuelo, sin saber que es daltónico; este mismo muchacho que al inicio parece un asesino en potencia termina siendo un chiquillo confundido y lleno de miedos que trata de asimilar el sentido de su existencia.

La única que no se topa con la desilusión, quizás porque tampoco tiene sueños propios, es Sheryl (Toni Colette). Sin embargo, sufre el quiebre de los demás como el suicidio frustrado del hermano, Frank (Steve Carell) y el fracaso en ventas del libro de autoayuda de Richard “porque nadie ha oído de él”.

La presentación de todos estos personajes cuando entran en pantalla es impecable junto a planos detalle y un fondo musical que va creando atmósfera para cada cambio de escena sin perder el ritmo. Es la música, y los silencios que dan a paso a los diálogos, uno de los aciertos fílmicos, además de la fotografía (a veces turística) y la elección de actores. Sorprende la naturalidad de la pequeña Abigail Breslin, la multiplicidad de rostros con que Richard “se resiste a perder” (o finge ganar) y la ironía que manejan en uno y otro momento, casi turnándose, Frank, el abuelo grosero de la familia, Grandpa’, y el propio Richard, a pesar de que para él, el sarcasmo es el recurso de los perdedores.

La historia es simple, una familia acompaña a la hija menor a un concurso de belleza, en un viaje de tres días por carretera –lo que acerca la historia a un road movie, forma que felizmente se refugia detrás del contenido–. La riqueza está más bien en la convivencia de las historias personales, el yo interno de cada uno se somete a un correlato que se va inscribiendo y corrigiendo a partir de las experiencias con el otro, por más que este sea poco fiable, como el caso de Richard. Todos tienen la razón en algún momento. Para tener éxito se necesita una actitud positiva, eso es cierto, pero también algo de suerte, como insinuó Frank al comienzo. Y suerte y disciplina no sólo para alcanzar metas sino para tolerar frustraciones y enfrentar miedos. De pronto, el hijo adolescente, Dwayne, tiene que entender que su anhelo más grande no se cumplirá y Olive deberá asumir que convivirá el resto de su vida con el temor de ser una perdedora, pues su “padre odia a los perdedores”.

Durante esta convivencia los momentos difíciles pueden unir o separar, haciendo dejar de lado los objetivos, como cuando todos entran en crisis por diferentes motivos (entre ellos, Frank se encuentra por casualidad con su ex novio y retoma momentáneamente su depresión, a la vez que los esposos Richard y Sheryl se enfrentan al fracaso del libro en el que invirtieron todos sus ahorros, lo que afecta también a los demás miembros de la familia), esto hace que olviden a Olive –precisamente el motivo del viaje– en un estacionamiento de carretera. O como cuando muere el padre de Richard, lo que más bien junta a todos en una tarea común.

En medio de esta aventura (que a veces luce circense, sobre todo al final), un diálogo entre Frank, el especialista número uno en Marcel Proust (“un loser total”), y Dwayne, se torna de lucidez cuando entienden que, aunque no hay reglas, el éxito también consiste en valorar los años de sufrimiento y la forma cómo se afronta “los concursos de belleza tras otros” que conforman la vida a decir de Dwayne.

Publicado en la revista Butaca Sanmarquina, 2007.

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