Definitivamente no es fácil (¿Quién dice que es fácil?)

Un hombre conservador que se enamora de una mujer liberal es una fórmula que se viene repitiendo sin remordimientos y con más frecuencia, tanto así que sola ya no vende. Sin embargo, el que la mujer esté embarazada de no se sabe quién le puede dar el condimento necesario para cocinar una buena historia. Pese a ello, “Quién dice que es fácil” se queda en intenciones truncas, en sobreentendidos y momentos mal plasmados.

No es que toda la película sea desacertada, hay que rescatar que la segunda mitad conserva más unidad, pero de manera global se muestra desordenada, yendo y viniendo de la comedia al drama, de lo inverosímil al lugar común, de lo absurdo a lo serio y dependiendo de quien lo mire, de la obviedad (del no decir nada nuevo) a la trasgresión (con mucha influencia española).

Y dependiendo de quien lo mire porque si uno no es ni viejo ni machista poco le sorprenderá el comportamiento de Andrea (Carolina Peleritti), personaje que ha sido más impactante y mejor delineado en otras películas, pero viniendo de alguien para quien el hecho de que una mujer embarazada diga no saber quién es el padre “es lo peor que se le puede contestar a un hombre” que se interesa en ella, se entiende recién que la película ponga mucha energía en romper ciertos tabúes.

Quizás sea ello –no estar viendo un género bien definido, con una mezcla de clichés retocados–, lo que crea el sinsabor de no saber cuándo la historia quiere hacernos reír, cuándo quiere convencernos de una idea prefijada (como la del cuestionamiento a los valores propios frente a los ajenos, de la que tanto habla su director, Juan Taratuto), o cuándo el drama empieza a irrumpir a tal punto que el protagonista, Aldo (Diego Peretti), empieza a salirse de cuadro. Tal vez no controlar la película es lo que marca un reto para el espectador que si soporta la lentitud y comicidad sosa de los primeros minutos –y ello que no empieza mal– podrá encontrar más adelante algunos buenos momentos y uno que otro interesante diálogo.

Por otro lado, el guión (de Pablo Solarz) no debió ser tan simplista. Los personajes centrales pueden fluir mejor a pesar de sus enormes diferencias. No es problema para una comedia hacer encajar a personajes opuestos como ellos, de hecho es lo que más se usa, pero faltó engranaje –algo que no dependió tanto de los actores como sí del guión–, menos obviedad descriptiva y más creatividad, ya que se los presenta haciendo énfasis cada dos minutos en lo rutinario que es uno y lo librepensadora que es la otra con demasiados “dèja vu”. Al final, Aldo parece sacado de una comedia francesa y ella de una novela argentina.

Los personajes de relleno, fueron sólo eso, de relleno. No sirvieron para darle complejidad a la película ni tampoco para definir mejor a los protagonistas. Los únicos que le siguen la corriente a la historia por pasar casi desapercibidos son las amigas lesbianas de Andrea, su enorme y negro amigo modelo, el padre de Aldo, Roberto (Andrés Pazos), quien le pone el toque melancólico (aunque inclinado al drama, no a la comedia) y el ginecólogo poco (o más bien, demasiado) ortodoxo Heinze, bajo la genial interpretación del actor español Guillermo Toledo (Crimen Ferpecto).

En cambio salieron sobrando los amigos de Aldo, pese a algunas bromas sexuales que pueden arrancar sonrisas compasivas, su profesora de guitarra, que aparece al final como un parche innecesario, y su vieja y gorda empleada que debe ayudarle a controlar la eyaculación precoz con escenas burdas, otra vez simplistas (por no mencionar los aires de humillación que corren en esas escenas), no olvidar al abogado, que hace las veces de consejero personal. Son estos personajes los que extienden el relato sin mayor beneficio descriptivo.

Para hablar de lo positivo, ayuda mucho la destreza fotográfica de Marcelo Laccarino, quien busca siempre el plano más adecuado y se adapta rápidamente a los cambios de género. La dirección artística de Marina di Paola no está nada mal pero lo que conecta al público (ya casi al final) puede ser la tanda de canciones que envuelven el desenlace y que cierra con “Menos mal”, de Andrea Echeverri y hacen del happy-end un momento nostálgico.

Otro punto a favor es que la atmósfera que se crea a lo largo del film mantiene ese tono de realismo social que bien sabe graficar el cine argentino, con vidas comunes que van formando sus propios estereotipos pero que todavía no cansan.

Publicado en el blog También los cinerastas empezaron pequeños, 2009.

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