Tarjeta roja al trabajo infantil

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Por Élida Vega y Claudia Ugarte

Antonio, un niño reciclador de 12 años murió despedazado tras la explosión de una granada de guerra que fue encontrada en un botadero de Reque, en Chiclayo. La onda expansiva también hirió gravemente a su hermanito de 7 años y a otros familiares que trabajaban con él en el reciclaje desde hace varios años. ¿A quién culpar por esta tragedia?

Cuando ocurrió esto el pasado lunes muchos incriminaron a la Fuerza Aérea del Perú, que días antes realizó pruebas de tiro y entrenamientos en terrenos colindantes al botadero de basura, pero el problema va más allá y se enmarca en las tímidas políticas del Estado para erradicar del país –y de nuestra cultura– el trabajo infantil.

Ver a niños recicladores no es propio de nuestras provincias, donde los niños suelen ayudar a sus padres en actividades agrícolas, mineras y comerciales, y donde, además de accidentes, están expuestos a diversos peligros como prostitución infantil, comercio sexual y trabajo forzoso.

“Hacer trabajar a un niño es como truncarle la vida, el ser humano necesita ir desarrollándose por etapas desde su niñez y la manera de evitar que los niños sigan trabajando es educando a los padres. Pueden ser pobres, pero un pobre educado jamás va a mandar a sus hijos a la calle”, comentó tras el penoso accidente el gerente general del Gobierno Regional de La Libertad, Napoleón Vilca García.

Pero este también es un problema de la capital, donde por ejemplo, Roxanita, lejos de las actividades que la pueden llenar de satisfacción, esta pequeña de 12 años se levanta muy temprano pero no para ir al colegio –como casi todos los niños de su edad– sino para poder ganarse unos cuantos soles y con ello ayudar a la alicaída economía de su hogar.

Al igual que ella, unos 2.5 millones de niños menores de 18 años trabajan (según cifras del 2006 recogidas por la Organización Internacional del Trabajo-OIT), en la mayoría de los casos, en situaciones peligrosas que atentan contra su integridad física y emocional. Y si tomamos en cuenta que en el país existen alrededor de 10.5 millones de niños, eso significa que cerca del 30% de la población infantil en el Perú se dedica a trabajar.

Cifra que además casi se ha duplicado, puesto que en 1996 esta ascendía a 16% y a poco más de 1.3 millones de menores, por lo que resulta fácil deducir que en la actualidad en nuestro país casi uno de cada tres niños y adolescentes entre 6 y 17 años trabaja.

Sin distinción de género

Pero además de la clara tendencia al crecimiento en los últimos años, también queda claro que desde la perspectiva de género, el trabajo infantil y adolescente afecta casi en la misma proporción tanto a hombres y mujeres, pues del total de niños y adolescentes que trabajan, el 54% son varones y el 46% son mujeres.

En cambio sí esboza una diferenciación en función a la edad. Así, se tiene que desde la perspectiva de la edad, del total de la población infantil y adolescente ocupada, un 61% está compuesto por niños entre 6 y 13 años; mientras que el 39% restante de menores trabajadores está integrado por adolescentes entre 14 y 17 años.

Dejando huellas

Y aunque para el Comité Directivo Nacional para la Erradicación del Trabajo Infantil resulta evidente que el trabajo infantil se convierte en un problema cuando existe aún mínimos indicios de que este pueda poner en riesgo su derecho al bienestar y desarrollo, para la Agencia Adventista para el Desarrollo y Recursos Asistenciales (ADRA Perú) un niño o adolescente que trabaja no puede concluir satisfactoriamente sus estudios, ni desarrollar su personalidad.

“Al vese obligado a madurar a temprana edad, se limita en su recreación y deteriora su salud al exponerse a materiales tóxicos, con riesgo de mortalidad, reproduciéndose así el círculo de la pobreza de manera alarmante”, refieren.

Incompatibilidad con los estudios

Y aunque Roxanita no ha dejado de estudiar –como si sucede en otros casos–, gran parte de su tiempo lo dedica a atender a los clientes que visitan la tienda de pantalones donde labora, en pleno mercado central del Callao, lo que ha terminado por mellar su rendimiento académico, aunque “igual pasará de año”, nos aclara.

Según los investigadores José Rodríguez (PUCP) y Silvana Vargas (UNALM), efectivamente, a diferencia de otros países de América Latina en los que el trabajo infantil y la asistencia a la escuela son –en la mayoría de los casos– actividades mutuamente excluyentes, en nuestro país es bastante frecuente que ambas actividades ocurran en forma simultánea.

Sin embargo, cifras relacionadas con la educación revelan que un 4,8% de niñas y niños no asistieron a centro educativo alguno en el 2003, mientras que un año después –en el 2004– el 58,6% de los niños y el 56,2% de las niñas tenían al menos un año de atraso escolar, porcentajes que estarían –a decir de ADRA Perú– íntimamente relacionados con las horas que le dedican al trabajo y que, sea por cansancio o por problemas de alimentación, terminan por influir en su rendimiento en clase.

Es así que según el CIES la formulación de políticas educativas debe tomar esta realidad como “punto de partida” ya que, con frecuencia, el trabajo infantil expone a los niños a trabajar jornadas de más de 8 horas y ello va en detrimento tanto de su retención en el sistema como de su rendimiento escolar.

Escalofriantes cifras

  • 218 millones

    de niños, niñas y adolescentes entre 5 y 17 años trabajan en el mundo. De ellos, 190 millones realizan labores peligrosas.  En el Perú,uno de cada cuatro niños y niñas entre 6 y 17 años trabaja (OIT, 2006).

  • 2.3 millones

    de niños y adolescentes trabajan sólo en las zonas urbanas en el Perú y el ingreso al trabajo infantil se da cada vez a más temprana edad poniendo en riesgo la formación educativa, la salud y el futuro de los niños.

  • 20%

    menos de su sueldo es lo que percibirán durante toda su vida adulta los niños que pierden un promedio de dos años de vida escolar (OIT, 2005).

  • 50 mil

    niñas, niños y adolescentes trabajan en un contexto familiar en minería artesanal, una de las peores formas de trabajo infantil, junto a la explotación comercial sexual, la pornografía, la trata infantil y el trabajo forzoso (OIT).

  • 39%

    de niñas y niños que pertenecen a hogares de pobreza extrema trabaja, mientras que en hogares de pobreza no extrema trabaja el 22% y en familias sin pobreza trabaja el 20%. 

RECUADRO:

“El gobierno desincentiva el apoyo de la empresa privada”

Que el Perú sea el segundo país con más incidencia de trabajo infantil en América Latina, después de Bolivia, preocupa. Pero cuando las empresas privadas buscan estrechar sus lazos con la población a través de programas de responsabilidad social que atenúen estos problemas, el Estado opta por desatender a esa porción beneficiada, en lugar de afianzar su rol.

Al menos eso es lo que pasa en Iquitos, donde el programa Proniño de la Fundación Telefónica, según su gerente María del Carmen Vásquez de Velasco, no logra la ambiciosa meta de erradicar el trabajo infantil de la zona y elevar la calidad del aprendizaje de los niños del colegio Monseñor Gabino Peral de la Torre. ¿La razón? Los libros que debe enviar el Ministerio de Educación simplemente no llegan a la zona, eso entre otras razones.

–     ¿A quienes beneficia Proniño?

–     Este es un programa regional que ya tiene seis años en el Perú, fue iniciado por Bellsouth y pasó a Telefónica con la compra de esa compañía. Estamos en 13 países en América Latina, y en el Perú atendemos a 8,850 niños de 41 colegios en siete regiones, la mayoría provenientes del trabajo infantil a quienes se les incentiva a escolarizarse ya sea dotándole de útiles y uniformes o mejorando la infraestructura de su colegio.

–     Un niño que trabaja gana ciertas habilidades pero en desmedro de un desarrollo integral que disminuirá su desenvolvimiento laboral más adelante. A qué otros riesgos se expone.

–     Un estudio de la PUCP arrojó que para la ciudadanía es normal que un niño trabaje, lo cual es preocupante porque no hay una clara conciencia de los riesgos que rodean a un niño que trabaja, pues puede ser víctima de explotación o incluso de abuso sexual. Además no se sabe cuánto recibe, a veces no recibe nada y cumple jornadas laborales de 12 o 14 horas.

–     Y está expuesto a accidentes, como lo que le pasó al niño reciclador que murió en Chiclayo…

–     Mira ese caso tan dramático, por ejemplo. Y es que los niños están expuestos porque su capacidad emocional intelectual no es suficiente para saber medir el peligro, entonces es una función de la sociedad, de la empresa y del Estado vigilar que no haya trabajo infantil. Y no sólo eso, hemos encontrado en Huachipa a niños de dos años que ya están trabajando en las riveras.

–     Proniño es una de las iniciativas que puede hacer la empresa privada, ¿cómo debe actuar el Estado?

–     Hace falta más programas como Construyendo Perú que faciliten a los padres conseguir trabajo y que sean ellos quienes mantengan a la familia. Los niños tienen derecho a vivir plenamente su infancia.

–     Consideras que debe haber una alianza entre empresa y Estado para resolver estas urgencias sociales.

–     Lo que esperamos es que se logre el esfuerzo que se está planteando dentro del proyecto educativo nacional. Estamos encontrando que en algunas zonas rurales y urbano-marginales los libros del Ministerio de Educación no llegan. Entonces la ayuda que les damos se ve minimizada frente a la ausencia de las ayudas que al Estado les corresponde. Nuestra intervención está limitada en función a lo que no se está logrando por parte del Estado peruano.

Publicado en suplemento dominical del diario Expreso, Estampa, en diciembre de 2007.

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