Un cineasta ayacuchano en la mira (sobre El rincón de los inocentes)

Su nombre nos trae a la memoria al cantante argentino que popularizó “Corazón contento”. Sin embargo, Palito Ortega, el ayacuchano, tiene una vocación distinta: el cine. Y eso es lo que ha venido haciendo desde que a principio de los noventa realizó su primera película, Dios tarda pero no olvida, seguida inmediatamente por una segunda parte. Ahora nos entrega su sexto largo, El rincón de los inocentes, historia que enfatiza su preferencia por los temas que afectan a su pueblo, en este caso, el terrorismo.

palitoOrtega
Hay una anécdota que puede graficar lo difícil que es hacer cine en el Perú, mucho más si trata de una provincia poco atendida por el gobierno, y es que Ortega podía ver cámaras audiovisuales sólo durante las celebraciones de Semana Santa, fecha en que la tímida ciudad es desbordada por turistas nacionales y extranjeros. Se dice que Palito y su hermano gastaron todos sus ahorros para comprar unos rollos de película que nunca utilizaron. El motivo: nunca consiguieron el dinero suficiente para comprar una cámara de cine. No obstante, eso nunca significó una frustración.

Es difícil imaginar que, pese a esas carencias, Ortega sea uno de los directores más prolíficos del país, incluida la capital, donde son muy pocos los cineastas –recordamos a Lombardi– que han superado los seis largometrajes, y más aún en un momento (hasta hace poco, improductivo) en que sólo la inclinación por el corto ha evitado que el oficio de hacer películas se sofoque.

No hay secretos ni claves, es sólo producto del trabajo continuo y desmesurado de él y de las pocas personas que lealmente se mantienen a su lado. Una de ellas, tal vez la más importante en su vida después de su hija, es Nelba, su esposa y productora oficial, una actriz ayacuchana que confía en que la última producción será más que un éxito, una película que tendrá un lugar especial y enajenable en la historia del cine peruano. Por eso, incluso, decidió darle la posta de actriz principal (ella iba a ser la protagonista del filme) a Viviana Andrade, hermana del conocido cantante Julio Andrade.

Cicatrices despiertas

“Un país que olvida su historia está condenado a repetirla”, dicta el lema de la Comisión de la Verdad y Reconciliación, CVR, y es tal vez la frase que Ortega tuvo en mente cuando decidió realizar El rincón de los inocentes. Pues con esta película pretende dejar en la mente del espectador un recuerdo que tal vez éste no vivió pero que no deja de pertenecer a la biografía de su nación.

Se trata del testimonio narrado de una víctima de la violencia subversiva que se desató hace unas décadas y que se inició justamente en esa región. Manuel es un joven ayacuchano que de pronto es visitado por presuntos reporteros que quieren conocer cómo perdió a sus familiares en los oscuros años del terrorismo. Un flash back nos remonta a esas violentas décadas de desorden, cuando un pequeño Manuel fue testigo de la brutal muerte de su hermano mayor y de la infructuosa lucha por reclamar sus derechos que emprendieron cada vez más familias despedazadas.

El número de víctimas ajenas al conflicto crecía geométricamente y las autoridades, lejos de solucionar el problema, se escudaban tras estériles operativos militares que sin estrategia alguna embestían a ciegas contra un enemigo que no conocían y que para ellos podía ser cualquier poblador ayacuchano.

La versión de Palito, quien vivió en carne propia tan amargos y turbadores episodios, retrata a las fuerzas militares y policiales como los grandes cómplices y culpables de que el problema se haya prolongado tanto.

En la historia de Ortega queda claro también que, como en toda organización, en la iglesia católica hubo personas que la desprestigiaron en sus objetivos de defender los derechos humanos de los más necesitados, como en el caso del obispo ayacuchano de entonces, hoy arzobispo de Lima, Luis Cipriani, quien cerró las puertas de la iglesia a todos los fieles que le suplicaron por protección y que perdieron con él la última esperanza de ser escuchados por la justicia.

Por otro lado, nos muestra cómo la falta de valores, impregnada en gran parte de la población, no fue ajena a la CVR. Si bien Ortega no critica el Informe Final ni la compleja labor de la Comisión sí cuestiona el trabajo de algunos elementos que valiéndose de esta institución no sólo le sacaron la vuelta económicamente en provecho propio sino que trabajaron irresponsablemente arreglando cifras y “equilibrando” testimonios.

Ambas situaciones sin duda son un novedoso aporte para el cine peruano, en cierta forma saturado, aunque no cualitativamente, con esta temática. De acuerdo con el realizador ayacuchano es penoso que hasta ahora las películas que han enfocado anteriormente el tema no hayan mencionado nunca el cuestionable papel que jugó la Iglesia en esa provincia ni abordado a fondo –con excepción de La boca del lobo (Francisco Lombardi, 1988)– el desequilibrio militar de ese momento, lo que considera una injustificada autocensura.

En los últimos años, y a raíz del informe de la CVR, se han puesto en marcha varios proyectos cinematográficos basados en el tema. El éxito de Paloma de papel (Fabricio Aguilar, 2001) arrastró otras producciones como Flor de Retama (Martín Landeo, 2004), pero si bien el primero está ambientado en una comunidad campesina de la década del ochenta y el segundo en una hacienda serrana que es testigo del rebrote terrorista de los últimos años, la reciente producción de Palito Ortega retrata cómo la población (esta vez) urbana de Ayacucho afrontó este conflicto en los años de barbarie y cómo siguen afectándole hasta hoy esas heridas que nunca cerraron.

El rodaje

El rodaje del que viene a ser su sexto largo, El rincón de los inocentes, se inició los primeros días de octubre con el objetivo llegar a las salas de la capital en las últimas semanas de 2004, cuando la CVR celebraba un año más del inicio de sus actividades públicas con la visita simultánea a las ciudades de Ayacucho y Huancayo un 13 de noviembre de 2001. Sin embargo, las dificultades económicas, logísticas, y otras como la disponibilidad y el transporte tanto de los actores como del equipo técnico y material desde Lima, los constantes cambios climáticos y algunas desavenencias que en el camino se fueron limando postergaron el final del rodaje hasta los primeros meses de este año y se espera que el estreno sea en marzo o abril.

Esta realización representó todo un reto para Palito Ortega, quien esta vez contó con un mayor despliegue actoral y técnico. El elenco estuvo conformado por artistas nacionales de demostrada experiencia, más en televisión que en cine por obvias razones. De ellos, Renzo Schuller (Manuel), Giovanni Ciccia, y Sergio Galliani fueron seleccionados con anticipación y los demás tuvieron que someterse al cásting que se realizó en agosto de 2004 en el local de Casablanca Films. La convocatoria se manejó vía internet con algunas listas vinculadas al cine y al teatro, la respuesta fue masiva, y una variedad de rostros nuevos con predominante talento dejaron claro que en este país tenemos un potencial histriónico digno de ser descubierto.

Detrás de las cámaras los protagonistas fueron los destacados técnicos Alberto Venero en la dirección fotográfica y Francisco Adrianzén en la dirección y edición de sonido. El director de la película, acostumbrado a trabajar solo y resolver todas las tareas de producción y realización con su productora Perú Movie, tuvo que asimilar esta vez que un trabajo colectivo requiere contar con otros criterios profesionales, lo que al principio no le fue fácil aceptar, como nos lo confirmó el mismo Venero, antes de someterse a una mañana de rodaje en el seco calor de la sierra.

Para Ortega, Ayacucho no es sólo su lugar de nacimiento, es también su motor profesional. Allí donde las cámaras de video eran hasta hace poco exclusividad de fechas importantes como la Semana Santa, se propuso demostrar que la producción de películas no era una actividad exclusiva de algunos limeños afortunados. Con dos largometrajes aún no editados –Chicha de jora (1992) y En las garras del vicio (1993)–, y otros trabajos en video se ejercitó en el audiovisual para, en 1997, realizar su primer largo exhibido, Dios tarda pero no olvida, que le brindó relativo éxito, pero suficiente para rodar una secuela al año siguiente. Un niño que quedó huérfano por una acción terrorista y que cae en la delincuencia al verse totalmente solo hasta encontrar reposo, gracias a un sacerdote, en una iglesia limeña. La siguiente producción, Sangre inocente, anunciaba otro tema de tinte social para luego dar lugar a producciones de ciencia-ficción –género que se rodaba por primera vez en el país– con La maldición de los jarjachas I y II.

Hoy, su sexta película, que se disputó otros nombres como La rosa roja, Cuando las campanas doblan o Vivos los queremos, no está libre de tropiezos e inevitables defectos narrativos pero promete trascender no sólo por cuidar el aspecto técnico o por incluir temas susceptibles, que incluso han provocado algunas marchas de protesta en aquella ciudad, sino por recrear con la visión de quien lo vivió personalmente un sufrimiento andino tan culturalmente lejano como geográficamente inmediato.

Publicado en la revista Ayacucho Internacional, 2005

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