Libertad en el encierro (La escafandra y la mariposa)

Acabo de darme cuenta de que, aparte de mi ojo, hay dos cosas que no están paralizadas. Mi imaginación, mi memoria. La imaginación y la memoria son los dos únicos medios de escaparme de mi escafandra”. Jean-Dominique Bauby

Cuántas veces la imaginación nos ha salvado del encierro –de ese que a veces no percibimos– y nos ha permitido escapar a esos rincones que sólo existen con la ayuda de la memoria. Para Jean-Dominique Bauby, redactor jefe de la revista Elle, esta no fue una posibilidad sino una fuga obligatoria tras sufrir, en 1985, una embolia que sólo le dejó intacta la mente y la lucidez de su parpadeo, suficientes recursos para plasmar en el libro “La escafandra y la mariposa” su claustrofóbica experiencia.

Uno de los que leyeron el libro fue el pintor neoyorquino Julian Schnabel quien decidió pintar esa historia en el lienzo de un celuloide. El resultado es una poesía escrita con luz, que logra transmitir más que imágenes azarosas de una agonía, emociones que van desde el asombro que produce redescubrir la vida hasta el ahogo absoluto del cautiverio del cuerpo, pasando por la belleza de la liberación onírica de la que ‘Jean-Do’ (Mathieu Amalric) se alimenta para no terminar de morir.

Desde las primeras escenas, podemos percibir que la historia de Schnabel no es una reiteración de Mar adentro, película en la que Alejandro Amenabar se vale de otra historia real –la del tetrapléjico Ramón Sampedro (interpretado por Javier Bardem)– para reflexionar sobre el derecho a la eutanasia. No. “La escafandra y la mariposa” habla del ser humano encerrado, de lo que pudo ser el mundo interno de alguien que ni siquiera tuvo el privilegio del habla. Y nadie mejor que un artista para arriesgarse a hablar de la subjetividad de otro individuo, para rebuscar en el inconciente ajeno, y para mirar a través de sus ojos lo que las palabras (del libro) a veces no logran decir. Su única arma será la empatía y justamente es eso lo que logra trasladar a los espectadores con primeros planos bien logrados, desenfoques fotográficos y elementos sonoros que logran transmitir la confusión y la inquietud del encierro.

La fotografía del polaco Janusz Kaminski logra dar forma a esa subjetividad cuando se convierte en el inquieto ojo mediante el cual conocemos a los personajes que acompañarán a Jean-Do, durante dos impacientes años, y cuando inserta las alegorías del hombre que se hunde en el mar o la mariposa que se desnuda de su capullo. La sensualidad de las imágenes se desborda cada tanto para enfatizar que Jean Do está allí, vivo dentro de ese cuerpo estancado. Es la libido que viene en su rescate para alejarlo de la pulsión de muerte. De pronto la presencia de la fisioterapeuta o la logopeda, o incluso de la “madre de sus hijos”, se llenan de erotismo, de vida.

Los diálogos de sus visitantes, las reacciones de amigos y familiares, la contrastante vitalidad de sus hijos, las lágrimas de su padre son un resumen de las penurias que Jean-Do tendrá que compartir con su ironía innata y su habilidad de sacar siempre una sonrisa en los momentos en que uno está a punto del llanto (Sólo hay que recordar cuando la carcajada imaginaria de Jean-Do suaviza la cruel observación de dos empleados que deben instalarle un teléfono con altavoz “a un enfermo que no puede hablar”).

Ese es otro acierto del director de “Antes que anochezca”, pues de este modo nos lleva de la mano por caminos que rozan el estremecimiento pero que no impiden una mirada más limpia del arte.

A este objetivo también responden el guión de Ronald Harwood (La lista de Schlindler), que ha sabido sacar del libro los puntos que debía unir con la imaginación, y el equilibrado montaje de Juliette Welfing, que en el momento justo supo cuándo transportarnos al pasado y cuándo evitarnos la lágrima con el ardid del símbolo. O incluso la delicada y a la vez enérgica música de Paul Cantelón, precisa…

Se extrañaba en nuestras salas una película que con sutileza nos echara en cara lo dormida que anda nuestra mente y el cautiverio que nos encierra por darle tanto protagonismo al cuerpo. Jean Dominique Bauby empezó a volar cuando su cuerpo se quedó dormido, y ese vuelo, que nos recordó que la existencia iba mucho más allá que tener éxito laboral o familiar, nos lo transmitió Schnabel, cuando estábamos “paralizados” en nuestras butacas.

Publicado en el blog También los cinerastas empezaron pequeños, 2009.

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