Flor de Retama: ¿flor de un día?

A fines de noviembre del año pasado se estrenó, en el cine Mantaro de Huancayo, Flor de Retama, opera prima de Martín Landeo Vega y que tiene como tema principal el regreso a la tierra, a las raíces, en medio de un escenario azotado por el terrorismo, una flor del mal que brotó entre los parajes más hermosos y calmos de nuestro país.

El terrorismo es uno de los ejes temáticos más importantes en el cine peruano, y ha sido retratado desde el punto de vista de cada uno de los involucrados, sea el ejército, las víctimas o los propios sediciosos (aunque hablando de estos últimos, nunca se ha explorado su universo o imaginario en profundidad, a pesar de tener la ficción como aliada). Sin embargo, el tratamiento de estas historias siempre ha tenido una orientación trágica, lo que no las desmerece en ningún sentido pues se han logrado grandes películas como La boca del lobo o La vida es una sola, pero que dejan una estela de estereotipos (soldado-abusivo, terrorista-malo, campesino-bueno) que hacen perder originalidad al momento de darle vida a un personaje y, por ende, a la historia que se quiere contar.

Flor de Retama narra la historia de Jerónimo Calderón (Julio Andrade), un empresario venido a menos que recibe la noticia de que su antigua hacienda, Flor de Retama, ha sido liberada, después de veinte años, de la presencia de terroristas. Esto motiva el regreso de Jerónimo, acompañado por su hija Beatriz (Sandra Vergara), quien había  nacido en la hacienda, en medio del conflicto, instantes antes del asesinato de su madre.

Esta premisa inicial se convierte en un nuevo e interesante punto de vista pues nos acerca al tema de la migración (o mejor dicho, auto exilio), que muchas familias de la sierra (sean campesinos o hacendados), estuvieron obligadas a realizar al encontrarse atrapadas entre dos fuegos, el de los terroristas y el del ejército. Jerónimo es obligado a huir con la recién nacida Beatriz, dejándolo todo. Su regreso entonces, debe ser un nuevo quiebre con la vida que ha llevado durante dos décadas en la capital; sin embargo, esto no se siente así, sobretodo en el personaje de Beatriz, quien siendo una joven de veinte años, clasemediera y prácticamente limeña, no tiene reparos en abandonar su universo: el barrio, los amigos, algún amor, los estudios; es decir, cosas que nos permitirían acercarnos al personaje y alejarnos del estereotipo. Tampoco conocemos mucho la vida de Jerónimo, salvo que está relacionado con el mundo de la música y que no le va muy bien económicamente.

Ahora bien, la llegada de Jerónimo y Beatriz a Flor de Retama tiene buenos momentos. La cámara se desplaza por algunos ambientes de la casa que están tenuemente iluminados y acompaña a los personajes en su descubrimiento de un mundo que les pertenece pero que no conocen del todo. Un detalle que resulta curioso, sin embargo, es el hecho de que Beatriz no sepa casi nada sobre su madre, ni siquiera que se dedicara a la pintura o cuánto significaba la hacienda para ella. Esto se pone de manifiesto cuando la nana de Beatriz, Juanita (Flor Castillo), la lleva a una pequeña habitación para mostrarle los lienzos que su madre pintaba y entregarle un collar que utilizaba. Es la única escena que relaciona directamente a Beatriz con su madre. Después, la veremos terminando un lienzo que ella había dejado inconcluso, y sorprende la destreza y la técnica que utiliza, y que no habíamos visto ni por asomo a lo largo de la película.

A pesar de contar con una premisa que podía llevar la historia por mejores derroteros, los estereotipos terminan llevando la trama y hacen que ésta pierda fuerza y profundidad. La voz de los campesinos queda relegada a un segundo plano y aceptan sin ninguna objeción la llegada y las órdenes “amables” de Jerónimo. El reencuentro de éste con su antiguo capataz, Octavio (Reynaldo Arenas) no pasa de frases como “viejo, cuántos años han pasado” o “las cosas estuvieron muy difíciles por aquí” y eso resume el tiempo de supuesto terror y los sentimientos que vivieron quienes se quedaron en la hacienda. Sólo una vez confronta un campesino a Jerónimo, y es cuando los terroristas, comandados por el camarada Néstor (capturado al parecer gracias a Jerónimo), escapa y empieza a presionar a los pobladores de la zona. Y la obvia razón para que Jerónimo huyera fue su hija. No le importaron sus trabajadores, ni las esposas o los hijos de éstos. Veinte años después, Jerónimo regresa como si no hubiese pasado nada, trabaja sólo un día labrando la tierra con los demás y después es el patrón. No vemos en el personaje un cuestionamiento sobre su conducta, una personalidad consistente, o un cambio con aquellos a quienes dice estimar, pues cuando presiente que a su hija le gusta un joven campesino, Víctor (Gerardo Zamora), quiere impedir que se relacionen a toda costa. La historia de amor entre Beatriz y Víctor es algo que se puede rescatar en la película, le da cierta frescura (pues ambos son actores muy espontáneos), a pesar que el espectador conoce muy poco sobre estos personajes.

Martín Landeo apuesta por una narrativa que si bien funciona en los primeros minutos de la película por su coherencia y continuidad, pierde ambas a medida que se desarrolla la historia, sobretodo en el clímax, que sucede durante el enfrentamiento entre los soldados y los terroristas que han atacado la hacienda (hay tomas que no tienen relación unas con otras, y esto genera una pérdida de fluidez muy notoria). Esperamos que, a pesar de todo, la experiencia adquirida no haga que el empeño y el talento de este cineasta se convierta en flor de un día en el árido panorama del cine nacional.

Publicado en la revista Butaca Sanmarquina, 2005

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3 Respuestas a “Flor de Retama: ¿flor de un día?

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