El secuestro de la niñez (El Secreto)

Cargada de esa sensibilidad que se abandona como capullo en los años de infancia, la película de Gabriele Salvatores, Io non hopaura (“No tengo miedo”, Italia, 2002), estrenada en Lima como El secreto, recrea el descubrimiento lento e incrédulo de un niño de nueve años que se verá obligado a despertar de golpe a la irremediable adultez.

Michele (Giuseppe Bocchino) juega con sus amigos en una desolada aldea del sur de Italia, Acque Traverse. Una casa abandonada, que aparentemente no tiene relevancia salvo por los roces de suspenso que acompañan como banda sonora a los temores infantiles, será el escenario en el que convergerán juegos inofensivos y delitos perversos. En la línea de muchos filmes italianos, El secreto recorre también las interminables llanuras italianas y enfatiza la libertad (o el descuido) con que crecen los niños del campo.

En una de esas jornadas lúdicas –y mientras los adultos viven sus propios avatares– Michele descubrirá con miedo y asombro a un niño de su edad escondido en un hoyo cerca de la casa abandonada, tan descuidado que al comienzo le parecerá un cadàver o uno de esos raros esperpentos que inventa la imaginación. Pronto el miedo cederá a la curiosidad y Michele, sin saber que arriesgará su vida, y menos aún que forma parte de una realidad espantosa, tratará de ayudarlo.

La decisión de Salvatores es acertada al dejar que la duda y el escepticismo se apoderen también del público, ya que Michele se resistirá a creer que sus padres están enterados de las condiciones del niño cautivo, mientras que el público por su parte no aceptará que el secuestro de Filipo (Mattia Di Pierro) por parte de los adultos del pueblo sea demasiado obvio y esperará un vuelco en el desenlace de la historia. Al final es la mirada del niño la que se apodera de la narración. Y es precisamente esta visión ingenua lo que hace de la película una aventura regresiva. Pensar y ver como niño nos devolverá los cuestionamientos más básicos en torno al secuestro y sus consecuencias: una mirada nueva para un tema que se hace cada vez más cotidiano y más indiferente. Desde esta perspectiva también se perdona ese instante final en que la espectacularidad de la escena se hace risible a pesar del drama que soporta.

Sin embargo, no es el secuestro de Filipo el cauce principal de la historia, sino el proceso en que Michele tendrá que aceptar que sus padres y los demás adultos de la aldea han dejado de ser las víctimas del sistema y se han convertido en execrables criminales. De ser un niño crédulo y aprensivo verá cómo la desesperación se apoderará de esas máscaras de letargo con las que los padres intentan convencer a sus hijos de que nada amenaza la quietud de Acque Traverse. El noticiario de cada noche los tendrá en vilo alrededor de un viejo televisor después de acostar a los niños. Sus descuidados modos de vida los mantendrán entre la dejadez diurna y las reuniones delincuenciales de esas angustiantes noches en que esperarán inútilmente “la suma” que le pondrá fin a esa espeluznante pesadilla. El film no indica si es la primera vez que esos pobladores cometen un delito de tal magnitud, tampoco ahonda en los remordimientos adultos, no hay que olvidar que es Michele quien nos proporciona los datos desde su óptica, por eso habrá más espacio para el encuentro de dos criaturas que pese a sus diferencias descubrirán el goce de la naturaleza, de la libertad y de la amistad. Filipo combina la fragilidad y el comportamiento sobreactuado de un chiquillo de clase alta que se resiste a creer que está vivo, ya que vivir prácticamente enterrado, será para él como estar en el mismo infierno. En contraparte, Michele es un niño ordinario que recién empieza a entender que existen otras esferas sociales y otros modos de vida, aunque todavía no comprende qué los diferencia. Hay espacio también para mostrar –aunque sea superficialmente– una idea del sufrimiento de la víctima, Filipo, y de su incapacidad para comprender a tan temprana edad el papel que juega su encierro. En suma, Salvadores busca sensibilizarnos sobre un tema tan áspero como es el secuestro, pero también intenta convencernos de que es mejor no despercudir a los niños de su niñez, y hacer menos violento ese difícil tránsito a las cuestiones adultas.

Publicado en la revista Butaca Sanmarquina, 2005

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