El eterno retorno… (Primavera, verano, otoño, invierno y primavera)

Cerrar el círculo para volver a dar una vuelta no siempre suele ser placentero o doloroso, sobre todo porque uno jamás vuelve a ser el mismo. Primavera, verano, otoño, invierno y primavera muestra tal vez el estadio que pretende haber alcanzado el director Kim Ki Duk en su filmografía, una madurez a base de esfuerzos y golpes, pero que busca un equilibrio entre el contenido y la forma. La película es de comienzo a fin una metáfora que va librar en las estaciones del año partes de un aprendizaje, tramos del andar humano y emociones que nacen de las múltiples circunstancias que van a conformar ese todo más grande que siempre es la vida de uno, pero que esta vez trasciende a las generaciones.

Ningún elemento parece estar de más en el filme, aunque haya algunos que no se comprendan del todo por el revestimiento del simbolismo asiático. El templo en medio del lago Jusan –construido especialmente para la película en Kyunsang, al norte de Corea–, en medio de las montañas, representa ese distanciamiento con “el mundo” al que pretende llegar un anciano monje (Oh Young-Su), que transmitirá a un niño pequeño (Seo Jae Kyung) –cuya procedencia no se explica en la película– esa sabiduría milenaria que se entrecruza con la primitiva adoración a los ídolos, que es el budismo. Pero representa también ese refugio interior e íntimo con el cual se dialogará durante toda la existencia.

En este trance es que transcurren –y aunque no es la primera vez que se utiliza este recurso–, las estaciones de la transformación del niño en adulto. Está la primavera como preparación al calor del verano, el aprendizaje inicial, la aprehensión de la empatía (el ojo por ojo) como una forma de ampliar la experiencia, y que más adelante será la clave del apaciguamiento interior. Aquí hay una frase que más adelante cobrará fuerza y sentido: “Si alguno de los animales (a los que ‘ingenuamente’ maltrató el niño dificultándoles el andar al atarles una piedra) muere, llevarás esa piedra en tu corazón para siempre”, le dice el monje al niño cuando lo castiga por este acto atándole también una piedra en la espalda, y dibujando con esto la silueta del karma que tendrá que purificar más tarde.

En el verano es difícil no reencontrarse con la vitalidad de las primeras emociones intensas, apagar la malicia infantil no fue suficiente para dormir ese impulso a quebrar las reglas que es propio del adolescente (las respetadas paredes de aire ahora son atravesadas sin pudor para construirse un espacio de placer). Pero es justamente en esta efervescencia que la separación es insoportable y ciega para trasladarse a un otoño lleno de enojo contra la vida.

Esta tercera estación, aunque produce los fotogramas más hermosos de la película por la bella tonalidad que adquieren los paisajes, está cargada de furia, de impotencia por los errores cometidos, de miedo por lo que nos espera, y de sosiego alcanzado a través de la comprensión (resignación) de nuestra naturaleza como punto de partida para una redefinición. “A veces debemos renunciar a lo que amamos. Otros pueden desear lo mismo que nosotros”. La muerte del anciano monje (poética) se siente como un cambio de caparazón o una transmisión del karma.

El invierno no representa una llegada, sino la recuperación, un nuevo inicio que se empieza a tallar sobre la dureza del hielo. La presencia del agua –otra gran metáfora–, aunque escondida debajo de ese gélido caparazón, es todavía fuerte, casi tanto como la firmeza que el carácter de nuestro protagonista (representado en su edad adulta por el propio Kim Ki Duk) adquiere después de constantes idas y vueltas (retornos al templo). Ya no hay más huidas. La piedra en la espalda no es más una forma de aprendizaje, sino el camino para purificar los errores cometidos, cargará ya no sólo su karma sino la de su maestro y caminará a la cima a través del sacrificio.

Como la poesía, las licencias mágico religiosas (el simbolismo) que se permite el director se deslizan con suavidad, sin deslucir la atmósfera de realidad. La fotografía es estupenda. Sorprende que pese a las muchas manos que asisten al encuadre y la luz, el resultado se mantenga uniforme, y bello. El acompañamiento sonoro también es vital, como un latido que se acelera en los momentos de suspenso y que se endulza cuando la situación lo amerita.

Al final es la búsqueda del equilibrio (de la felicidad) lo que, después de muchas golpizas, marca el camino y las rutas alternas. El protagonista lo busca fuera de sí, pero va comprendiendo que la felicidad no es un objeto concreto, sino el resultado de una poda constante, de una eterna adaptación, de la autodisciplina, de la domesticación del instinto.

Publicado en la revista Butaca Sanmarquina, 2006.

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