De jarjachas y otras maldiciones

La sierra, como la amazonía, ha sido durante décadas un elemento subordinado para plasmar en el cine peruano historias creadas bajo una óptica limeña, que, por otro lado, no sólo imitó toscamente (con modestas excepciones) a la industria foránea, sino que limitó la acepción de lo “nacional”. Fue necesario esperar medio siglo (desde que el cine formó parte de la cultura peruana) para que un destello cusqueño dejara escuela, y otro tanto para que la tecnología involucre a los menos pudientes (no por eso menos creativos) y ceda el paso a una nueva cinematografía surgida en las entrañas andinas. Esta vez, el producto ambiciona más de lo que ofrece pero en una etapa de aprendizaje los yerros son –a veces– más aleccionadores que los aciertos.

Un claro ejemplo es Incesto en los andes: la maldición de los jarjachas, cuarto largo de Palito Ortega Matute, un ayacuchano cuya pasión por el cine y naturaleza autodidacta le ayudaron a cultivar nociones audiovisuales suficientes para forjar el proyecto que alguna vez compartió con su hermano Juliano (autor del guión), muerto a los 23 años y a quien dedica este filme.

En una precaria comunidad, ciertos pobladores se reúnen, durante las noches, en casa del nuevo vecino “Malqui”, para escuchar sus aterradoras historias. Paralelamente, ocurren hechos extraños: los perros aúllan sin descanso y varias personas desaparecen con el paso de los días. La oscuridad opresiva del horizonte nocturno (sin alumbrado) extravía a los personajes en su ofuscación cada vez que les invade el temor de ser atacados por los jarjachas.

Estos seres, según la mitología, son antisociales y sufren transformaciones noctámbulas para aniquilar a sus ocasionales víctimas. El qarqacha (nombre original en quechua) es la persona que comete incesto, o el cura que infringe el celibato. Para matarlo deberán atraparlo en grupo, amarrarlo, esperar que a la luz del día retome su forma original y quemarlo públicamente. Sin duda, un sugestivo tema para ser explotado con las técnicas del suspenso, pero apresurado para cambiar el tinte poco atrevido de la producción precedente por un género no manejado. No se esperaba. Mucho menos de una ciudad tan desgastada por las consecuencias del olvido político y de la intolerancia terrorista y militar. Ayacucho quiere olvidar y lo demuestra tomando distancia del enfoque realista.

La película, sin embargo, debe analizarse en su contexto. Los diálogos son sumamente elementales y por momentos redundantes. Los personajes viven en un ambiente dominado por la oralidad, sin rastros del culto a la imagen. Este detalle alarga la historia y recorta la paciencia del público citadino, acostumbrado a predecir, conjeturar por adelantado, acusar sin pruebas y “correr” en todas las formas, como el de Lima. Con una historia bastante sencilla, posee una deficiente calidad técnica que arrastra las limitaciones del soporte digital, evidente en las desteñidas escenas nocturnas o en los tonos reventados del día. No obstante, Ortega advierte que a diferencia de sus filmes anteriores: Dios tarda pero no olvida (1996), Dios tarda pero no olvida 2 (1998) y Sangre inocente (2000), filmadas en S-VHS, el progreso técnico es considerable. Al igual que el sonido, ambiental y con pocos acertados efectos, la fotografía se torna irregular y no son muchas las imágenes que sobresalen.

Las actuaciones son transparentes, poco afectadas, los intérpretes logran transmitir la tensión de sus personajes y hacen más creíble la historia. El qarqacha de la película ríe –con ese sarcástico qar-qar-qar que le dio el nombre– incluso mientras se hace cenizas jurando volver, lo que anticipa el siguiente proyecto del realizador: una secuela que ya se estrenó en Ayacucho y en la que unos incrédulos jóvenes sufrirán contratiempos al indagar misteriosas desapariciones.

El sentir de la audiencia rural es unánime: está cansada de la cartelera extranjera. De allí la enorme aceptación, en provincias, de producciones como las de Ortega, Mélinton Eusebio y Joel Dennis en Ayacucho, o las de Lenin Salinas y Aristóteles Cruz en Huamachuco. Como ellos, Ortega se las ingenió para financiar y distribuir sus obras. Su productora Roca Films desplaza proyectores multimedia a los video-cines abandonados de varias ciudades para impulsar la cinefilia. El objetivo de Palito Ortega, quien reside en Lima desde hace unas semanas, es fortalecer su trabajo en la capital, pero antes deberá reevaluar a su público, acelerar el guión (la lentitud se goza en películas de mayor contenido) y mejorar la calidad técnica si quiere destacar en el ámbito cinematográfico. Nada fácil en un país latinoamericano sin industria y que congela una substancial discusión que hace tiempo debió engendrar una ley de cine.

Publicado en la revista Butaca Sanmarquina, octubre 2003.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s