Barrio Cuba: llanto no contenido

La segunda entrega de la trilogía de Humberto Solás es un retrato deprimente que a través de una mirada miope (o sesgada) muestra sólo los matices sepia de esa Habana no turística que poco conocemos, pero que podemos adivinar menos inconsolable. En un estado de ánimo lúgubre, sus personajes pretenden olvidar las puertas cerradas con la fantasía de que es mejor el encierro. Sufren, pero no por la miseria extrema que padecen, sino por la ausencia sin retorno de alguien que se fue o está a punto de irse. Pese a esta atmósfera melancólica las historias de Solás –comunes a las de Latinoamérica– se sienten reales y logran insertarse en la lógica de la emotividad –nada mejor, para ello, que un lúcido soundtrack–, pero en algún momento se descarrilan y el final llega abrupto. Y falso. Cómo un parche sobre un agujero que sigue doliendo. Solás intenta devolver la esperanza con sendos finales felices, pero ya es muy tarde, y aunque llega a conmover, el desequilibrio se siente hasta las lágrimas.

Publicado en la revista Butaca Sanmarquina, 2006.

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