Ajuste de cuentas con Tarantino

La cuarta entrega de Quentin Tarantino (Knoxville, 1963) es una deslealtad despiadada a su prolongado descanso de seis años. Kill Bill: la venganza (Vol. 1) —así se llama este experimento desordenado y absurdamente pretencioso— es el saldo de un deseo de trascendencia, basado en el fetiche que lo catapultó (violencia excesiva), sin mayor miramiento al contenido ni a la forma. Algunas secuencias son logradas, pero pesa el resultado fallido del conjunto: una mezcolanza de los géneros preferidos del director de Pulp Fiction (1994), agrupados en cinco capítulos con poca habilidad y efectos pasados de moda y repetidos hasta el cansancio en ciencia-ficción.

Realmente una decepción para los que apetecíamos un juego de diálogos ágiles o una estética mejor conjugada, como los que destacaron en sus otras obras. Sin embargo, se debe reconocer que el autor no ha traicionado a sus seguidores “hematófilos” que esperaban una exhibición descarnada de mutilaciones y chorros de sangre gratuita (gore) al más cómico estilo pop.

A ellos Tarantino les obsequia un largo fragmento en que “Cobra Negra” o “La Novia” (Uma Thurman) deberá enfrentarse a decenas de samuráis con gafas y sables enormes, y no obstante saldrá ilesa. Vestida como Bruce Lee en Juego con la muerte, se entrega a una coreografía nada convincente, con movimientos de ensayo que ni los efectos disimulan. Un clímax patético y nada innovador, que lejos de impactar con su violencia arranca risas sarcásticas de los espectadores.

No es lo único, la narrativa no lineal que usó con maestría en Pulp Fiction (cuando el recurso todavía era inusual en Hollywood) es una de las razones que desmejoran la historia, pues el (ab)uso de esta técnica es torpe y no hace más que confundir sin necesidad.

El argumento tampoco es loable. Los miembros del Escuadrón Mortal de Víboras Asesinas, liderados por Bill (David Carradine), exterminan a toda la familia de una ex compañera encinta (“Cobra Negra”) en el día de su matrimonio, dejándola moribunda. Cuatro años después, ella despierta de su estado de coma con el recuerdo del ataque y el dolor de su frustrada maternidad. Un solo objetivo la devuelve al crimen: el ajuste de cuentas, tema favorito de westerns (spaghetti) y artes marciales (kung fu) que aportarán también el estilo visual y ocuparán un gran metraje fílmico.

Nos faltaría espacio para enumerar los vacíos del guión, aun si salvamos que el director no se propuso crear un ambiente verosímil por tratarse de un filme de serieB. Sus personajes no tienen más identidad que el nombre y su ciega venganza. Son estereotipos débiles y predecibles, varios de ellos paródicos. La protagonista sale del coma e inicia su aniquilación sin escatimar en gastos, pero se desconoce a qué se dedica. En otra escena, los “irreductibles” y sanguinarios guardaespaldas de O-Ren Ishii (Lucy Liu) —a excepción de Go Go Yubari (Chiaki Kuriyama)— son derrotados con exagerada facilidad por la frágil estadounidense.

Uma Thurman tiene su mejor actuación cuando despierta del coma y llora la supuesta pérdida de su bebé, un paréntesis muy fugaz en su papel de mercenaria, ya que en todas sus peleas y durante la visita al legendario Hattori Hanzo (Sonny Chiba), en Okinawa, para adquirir un sable samurai, se muestra artificial e irónicamente “actuada”. No logra combinar su jovial y tierno aspecto de rubia americana con la dureza e impasibilidad de los guerreros orientales.

La voz en off de Hanzo, casi al final del primer capítulo: “Para un guerrero lo único que importa es vencer al enemigo, sin considerar las emociones humanas y la compasión”, resume la filosofía con que Tarantino cubre a todos sus personajes. No importa si el enemigo no es el culpable directo de sus acciones o que se haya arrepentido, la venganza contra los que la atacaron tiene que darse.

Por esa razón morirán Vernita Green (Vivica A. Fox), delante de su pequeña hija, y O-Ren Ishii, la cabecilla yakuza que vengó la muerte de sus padres a los once años, y cuya conversión en una de las criminales más temidas de Hong Kong es narrada en el tercer capítulo con una animación (anime realizado por la empresa japonesa Production I.G.) que se hace imprescindible, no solo porque cumple un rol seductor, sino porque es la secuencia que se mantiene más fiel a su género.

Tan irregular como el resultado gráfico es la musicalización que acompaña a los capítulos de esta primera parte. La mezcla es acertada por momentos, como ese episodio animado en el que una lucha oriental tiene el sabor musical de un western. Lo que primero causa fastidio, por no tener la efectividad de un lenguaje conocido, termina pareciendo poético, aunque no cumpla el propósito de procurarle solemnidad a la acción.

Kill Bill tomó prestado incluso el ingenio mercantilista de dividir la historia en más de una entrega —la continuación de Matrix (Andy y Larry Wachowsky, 1999) también se dividió en Reloaded y Revolution—. Inicialmente estaba diseñada por Tarantino como una sola pieza de tres horas, pero Miramax vio en esa extensión la excusa perfecta para dividirla.

La diferencia con estas películas es el final abrupto, que deja la historia incompleta y no permite que cada volumen pueda apreciarse de manera independiente. La última secuencia presenta numerosos flash backs que le dan agilidad, pero la interrupción malogra el efecto. Lo que provoca el cosquilleo de la curiosidad es la pregunta que Bill le hace a una informante mutilada, después de enterarse que “Cobra Negra” busca su cabeza: “¿Ella sabe que su hija está viva?”.

El valor de la película está en el homenaje reconstructivo que le brinda al género de artes marciales y en la intención de mezclar, al menos artísticamente, dos culturas disímiles. La cacería continuará en el volumen 2, que se estrenará en los primeros meses de 2004, dejando un tiempo suficiente para que el espectador olvide su decepción y busque en la secuela aquello que no encontró en la primera mitad: la maestría de su autor (del mismo modo, para que la violencia absorbida como narcótico cree en el público la necesidad de una nueva dosis).

Publicado en la revista Butaca Sanmarquina, 2003.

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