¿A qué edad descubriste el sexo? (Kinsey)

¿Y cuánto tiempo te tomó comprenderlo? Quién no ha sentido la torpe vergüenza preadolescente después de las primeras masturbaciones, muchas personas ni siquiera la superan y otras trasladan esa aflicción a las relaciones sexuales, al creer que sus actos son anormales o degradantes. Hasta hoy la intolerancia en torno a la homosexualidad, incluso en los países más liberales, no ha sido superada por completo. Por otro lado, son pocos los que aceptan abiertamente tener sexo oral o relaciones extramatrimoniales, y con raras excepciones ningún latinoamericano sería capaz de compartir sexualmente a su pareja. Es que el sexo sigue siendo un tabú para muchas personas. Y no sin razones.

¿Cuánto contribuyó Alfred Kinsey (Liam Neeson) a desterrar de la mentalidad humana los temores y sentimientos de culpa que podía generar una educación abstinente frente a una actividad tan natural y básica como es el sexo? Sin duda, no le fue fácil derribar los mitos acumulados durante siglos de represión moral que aparentemente habían recobrado más vigencia que nunca en la década de 1940. Bill Condon tuvo que luchar contra sus propios prejuicios para mostrarnos con una narrativa ágil la historia de este gran biólogo que dedicó su vida a dos grandes pasiones: las avispas y el sexo, pero sobre todo para exponernos sus ideas –radicales para la época– con la naturalidad de un hombre de ciencia.

Con la música relajante de Carter Burwell, Condon ahonda en la vida afectiva de Kinsey y en su carácter obsesivo, aunque es poco profundo en situaciones familiares como el tipo de relación que llevó su hijo y que de cierta forma hacía recordar a su padre, o cuando prolonga minutos en las reuniones de la Universidad de Indiana, dejando poco tiempo a los enfrentamientos políticos que provocó su segundo libro acerca de la sexualidad femenina. Pero esos no eran los temas esenciales. La fijación de Kinsey según el enfoque del realizador nace en su puritana adolescencia, extremadamente ausente de sensualidad y llena de confusiones o lemas contundentes (ahora, podemos decir, absurdos) como que la ciencia es la gran corruptora de la moral, o que cualquier forma de liberar los fluidos sexuales generaba graves enfermedades, por eso la película se torna por momentos bastante crítica y no pierde la oportunidad de desbaratar las normas y convenciones con que, en muchos lugares, seguimos conviviendo.

Una de las ideas de Kinsey era que tanto en el sexo como en otras acciones humanas no existe el término “normal” –lo que para muchos era, y sigue siendo, una esencial preocupación–. Esta absolución a la libertad sexual conducía involuntariamente a justificar acciones extremas como la pederastia y las violaciones, y ése era el temor de los sectores más conservadores, pero en una sociedad como la que Kinsey proponía el acto sexual se llevaría con conciencia. Era la falta de información y la represión moral las que generaban traumas psicológicos y fisiológicos. El mismo Kinsey tuvo que enfrentarse a los rezagos de su educación, por demás conservadora, cuando le tocó cruzar sus propias fronteras para ser coherente.

Fue después de su matrimonio con “Mac” (Laura Linney), al que llegó virgen e ignorante sexualmente, y a raíz de la creciente preocupación de sus alumnos por los vacíos en el tema, que quedó convencido de que la ciencia podía aliviar, o al menos describir, los problemas sexuales, pero su excesiva objetividad dejó de lado un aspecto social que en el presente se hace inseparable –para bien o para mal y en diferentes escalas– del acto sexual: el amor, algo que él consideraba inmensurable, aunque finalmente aceptara que algo tenía que ver, llegando a inhibir en algunas personas el deseo sexual por otras parejas. Tal vez sea el único factor que por aprendizaje o instinto es realmente indesligable del ser humano, pero no le alcanzó la vida para comprobarlo, como tampoco para terminar su investigación, sin embargo, es claro que su influencia logró que una década de oscurantismo científico y puritanismo moral diera paso a la inevitable revolución sexual de los sesenta, y que dos décadas después de su muerte, en 1973, la Asociación Psiquiátrica de Estados Unidos eliminara la homosexualidad de su lista de enfermedades mentales.

Ni dios ni monstruo, el personaje de Condon muestra la imperfección de un ser cualquiera. Es que el biopic, cuando está bien hecho, cumple su objetivo de presentar a esa persona que quizás no conocíamos (como en este caso) o tal vez sí, pero mostrando hechos más que juicios. Ahora sabemos que hace falta varios Kinsey para convencer a la humanidad de que son los frenos sociales los que impiden un desenvolvimiento natural del sexo, y que su historia bien vale una recreación cinematográfica, de cuyo resultado no estamos decepcionados.

Publicado en la revista Butaca Sanmarquina, 2005

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